El 17 de marzo de 2026, a veintiún días de haber asumido y a solo un día de acudir al Congreso para solicitar el voto de confianza, Denisse Miralles renunció a la Presidencia del Consejo de Ministros. Ese mismo día, Rodolfo Acuña Namihas juró como nuevo ministro de Economía y Finanzas. La velocidad del cambio invita a leerlo como un tropiezo más en la crónica de inestabilidad peruana. Pero hay otra lectura, más interesante e incómoda: este reajuste —probablemente no del todo calculado— puede ser, paradójicamente, uno de los movimientos más funcionales que ha hecho el gobierno de Balcázar.
Miralles no fue un error. Fue mal colocada. Y para entender por qué, hay que retroceder un poco más en la historia.
Cuando Miralles era ministra de Economía bajo el gobierno del expresidente José Jerí, fue una de las principales impulsoras del Acuerdo Fiscal por el Crecimiento Sostenible, un esfuerzo institucional inédito: reunir a actores económicos, técnicos y públicos en torno a un marco compartido de responsabilidad macroeconómica, con la ambición de darle al país un norte fiscal más allá de la voracidad presupuestal de las bancadas. Jerí lideró ese proceso, pero pagó un precio alto por ello. Un Congreso que no tenía ningún interés en hablar de equilibrio fiscal en plena etapa electoral encontró en esa agenda el pretexto para desgastarlo hasta su inevitable salida. Miralles sobrevivió a esa caída, pero llegó al nuevo gobierno con ese antecedente a cuestas: el de haber apostado por la disciplina fiscal cuando el Congreso prefería otra conversación.
La forma en que Balcázar llegó a la presidencia agrega otra capa a este cuadro. Según declaraciones públicas de la propia congresista Maricarmen Alva, quien disputó la elección interna, el resultado se explicó en parte porque Balcázar resultó más dispuesto a negociar la distribución de ministerios con las bancadas. Alva fue explícita: ella quería cambiar el gabinete, incorporar nuevos perfiles, alterar el reparto de influencias. Balcázar ofreció continuidad. Y esa continuidad fue lo que los votos parlamentarios premiaron. En ese contexto, designar a Miralles como premier tenía una lógica defensiva para Balcázar: mantenerla en el frente le permitía mostrar que no había abandonado la agenda fiscal que Jerí pagó con su cargo, sin asumir él mismo el costo político de defenderla. Miralles sería el rostro de la disciplina; Balcázar, el rostro afable de respeto de los acuerdos.
El problema es que ese diseño era insostenible desde el inicio. La premier en el parlamentarismo de facto peruano no es quien diseña la política en silencio; es quien la defiende de frente ante un Congreso que puede derribarla en cualquier momento. Y Miralles llegó al cargo con una mochila doble: la del Acuerdo Fiscal que el Congreso anterior ya había rechazado implícitamente, y la de un gobierno que había llegado al poder prometiendo, en los pasillos, precisamente lo contrario de lo que ella representaba. Antes incluso del voto de confianza, tuvo que absorber otro impacto: la remoción del ministro de Salud y de la conducción de EsSalud, entidades operadas bajo la influencia directa de una de las bancadas más gravitantes. El escándalo no fue de gestión técnica sino de algo más corrosivo: puestos directivos y adjudicaciones en una institución financiada con los aportes de millones de trabajadores, asignados por vínculos personales y no por mérito. Miralles tuvo que cargar también con ese peso. Fue puesta para confrontar. Y confrontar, en ese escenario, no era un camino: era un callejón sin salida.
El episodio de EsSalud no es un detalle anecdótico. Es el reverso exacto del aprendizaje que el parlamentarismo peruano necesita hacer. Porque la racionalidad presupuestal que se le exige al MEF no puede disociarse de la racionalidad institucional que se le debe exigir a quienes controlan las entidades del Estado desde el Congreso. Si el dinero público debe rendir servicios de mayor calidad para la ciudadanía —ese es el principio que Acuña Namihas deberá defender en cada negociación presupuestal— entonces ese mismo principio obliga a que los cargos directivos, los mandos medios y los puestos técnicos se cubran por mérito y no por compadrazgo. Una bancada que tolera el equilibrio fiscal en el papel pero coloca a sus allegados en las entidades que controla no ha aprendido nada: solo ha trasladado el problema de lugar.
Aquí entra Acuña Namihas, y aquí está el nudo del reajuste. Sus seis años como Director General de Presupuesto Público, sustentando cada Ley de Presupuesto ante un Congreso fragmentado, son la prueba de que sabe moverse en ese espacio sin ceder lo que no se puede ceder ni chocar donde no hace falta chocar. No llega al MEF a romper la disciplina fiscal, sino a hacerla políticamente viable. Esa distinción, que parece sutil, es en realidad la diferencia entre una política que se sostiene y una que se derrumba antes de implementarse. Mientras Miralles fue colocada en el rol político —la premier que confronta— con un perfil técnico, Acuña llega al rol técnico —el ministro que negocia el presupuesto— con las credenciales exactas para ese lugar. Los roles están, al fin, donde deberían haber estado desde el principio.
Para que el parlamentarismo de facto evolucione hacia un parlamentarismo que realmente funcione, los congresistas tendrán que aprender que el equilibrio fiscal no es una imposición tecnocrática sino una condición de supervivencia del propio sistema que los sostiene —algo que el BCRP puede preservar por diseño gracias a su autonomía, pero que el MEF debe conquistar negociación a negociación, sin ese escudo—. Ese aprendizaje no ocurrirá si el MEF siempre llega al Congreso en posición de confrontación, ni si las entidades públicas siguen siendo moneda de cambio en las negociaciones de gabinete. Ocurrirá cuando el representante del MEF ante el Congreso para lidiar con las complejidades propias de la materia presupuestal sea alguien con suficiente credibilidad técnica y suficiente paciencia negociadora como para que la racionalidad económica no parezca una amenaza sino una herramienta compartida.
Y aquí aparece, casi como una ironía del destino, una coincidencia que merece al menos una nota al margen. En medio de esta crisis, una de las bancadas más expuestas al escándalo institucional lleva el apellido de su líder: Acuña. Y es otro Acuña —sin parentesco, sin militancia, sin campaña— quien llega al MEF con las credenciales técnicas para intentar estabilizar el escenario que en parte esa bancada contribuyó a desestabilizar. No es una metáfora planeada. Es la clase de paradoja que solo produce la política peruana. Lo que sí está claro es que más allá de las personas y los apellidos lo que realmente importa en la función pública es que esta se ejerce para servir, no para repartir.
Miralles no perdió. Fue puesta en el lugar equivocado, por un gobierno que llegó al poder prometiendo no cambiar nada y que ahora intenta, quizás sin del todo proponérselo, cambiar algo que importa. Acuña Namihas, en el lugar correcto, puede marcar una diferencia que va más allá de este gabinete. Pero solo si las bancadas aprenden, de una vez por todas, que devorar la caja del Estado no es gobernar: es simplemente postergar el colapso.
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