Introducción
En la narrativa política convencional, el fujimorismo ha perdido repetidas veces en las elecciones presidenciales. Perdió la presidencia frente a Pedro Pablo Kuczynski en 2016 por un margen estrecho. La perdió nuevamente frente a Pedro Castillo en 2021 en una elección disputada hasta el último voto. Y desde entonces no ha logrado recuperarla. Vista desde esa perspectiva, su trayectoria reciente es la de una fuerza política incapaz de traducir su peso electoral en control del Ejecutivo.
Este artículo propone una lectura distinta. Lo que aparece como una secuencia de derrotas electorales es, en realidad, un proceso sostenido de acumulación de poder institucional. El fujimorismo —entendido no solo como partido, sino como una coalición política más amplia— ha logrado construir influencia decisiva sin necesidad de ganar la presidencia. Lo ha hecho desplazando el eje de la competencia política: del Ejecutivo hacia el Congreso, y de allí hacia el diseño constitucional del sistema.
Esta interpretación no es nueva. En 2021, en un artículo publicado en este blog, sostuve que el Perú atravesaba una transición hacia un parlamentarismo de facto: un régimen en el que, sin levar a cabo, formalmente, una nueva Constituyente, el Congreso adquiría la capacidad efectiva de definir la continuidad del gobierno. Lo que entonces era una hipótesis hoy puede leerse como un proceso en consolidación.
La hipótesis de este artículo es que entre 2016 y 2026 ese parlamentarismo de facto no solo se ha afirmado, sino que ha sido institucionalizado progresivamente. El argumento se desarrolla en tres etapas: su emergente bajo la mayoría absoluta del fujimorismo de 2016, su estabilización mediante una coalición parlamentaria tras 2021 y su consolidación con un conjunto de reformas constitucionales al margen que lograron introducir una segunda cámara con vocación de permanencia.
I. El parlamentarismo de facto como marco interpretativo
El concepto de parlamentarismo de facto describe una situación en la que un sistema formalmente presidencialista opera, en la práctica, bajo los dictados de la lógica parlamentaria. El rasgo distintivo no es la forma jurídica, sino el criterio efectivo de poder: la permanencia del Ejecutivo depende de la voluntad del Congreso.
En el caso peruano, este fenómeno no surge de una reforma constitucional explícita, sino de una transformación en la práctica política. El uso intensivo de herramientas como la vacancia presidencial, la intepelación y la censura ministerial y el control de la sucesión ha reconfigurado el funcionamiento del sistema sin alterar su diseño formal.
El resultado es un régimen parlamentarista de facto. El presidente sigue siendo elegido por voto popular, pero su continuidad en el cargo depende, en la práctica, de la correlación de fuerzas parlamentarias. La sucesión constitucional automática reduce los costos de la destitución, mientras que la interpretación amplia de las causales de vacancia convierte un mecanismo excepcional en un instrumento ordinario de control político.
En este contexto, el poder deja de definirse exclusivamente en la elección presidencial. Se traslada hacia la capacidad de construir mayorías parlamentarias estables que permitan sostener o remover gobiernos. Este desplazamiento es el que permite entender por qué una fuerza política puede perder elecciones presidenciales y, sin embargo, acumular poder efectivo.
Los tres ciclos analizados a continuación corresponden a etapas sucesivas en la consolidación de este parlamentarismo de facto.
II. Primera etapa (2016–2019): la emergente — la mayoría absoluta como poder de sustitución
Las elecciones de 2016 produjeron un resultado excepcional: Fuerza Popular obtuvo 73 de los 130 escaños del Congreso, configurando una mayoría absoluta sin precedentes en la etapa democrática reciente. En contraste, Pedro Pablo Kuczynski ganó la presidencia por un margen mínimo. Poco más de 41 mil votos. Desde el inicio, la distribución del poder efectivo quedó determinada por esa asimetría.
En este contexto, el Congreso dejó de operar como un contrapeso para convertirse en un poder de sustitución. A través de la censura ministerial, la interpelación y el control político, condicionó sistemáticamente la acción del Ejecutivo, reduciendo su margen de maniobra.
La censura del ministro de Educación Jaime Saavedra en diciembre de 2016 constituyó el punto de inflexión de esta etapa. Su destitución, estableció un precedente: la mayoría parlamentaria podía bloquear políticas públicas relevantes cuando estas afectaban intereses alineados con su coalición, independientemente de su legitimidad técnica.
El ciclo concluyó con la disolución del Congreso en 2019 por parte de Martín Vizcarra. Este episodio representó una derrota táctica para el fujimorismo, pero no alteró la lógica subyacente del sistema. El nuevo Congreso, fragmentado, mantuvo intactos los incentivos que permitían al Legislativo ejercer control sobre el Ejecutivo. La vacancia de Vizcarra en 2020 confirmó que el poder ya no residía en la presidencia, sino en la capacidad del Congreso para definir su continuidad.
III. Segunda etapa (2021–2025): la estabilización — la coalición parlamentaria y el control de la sucesión
Las elecciones de 2021 modificaron la correlación de fuerzas, pero no la lógica del sistema. El Congreso resultante fue altamente fragmentado, y el fujimorismo obtuvo una representación menor que en 2016: apenas 24 escaños. Sin embargo, la llegada de Pedro Castillo a la presidencia generó un nuevo elemento de cohesión: la convergencia de intereses de distintos actores parlamentarios, incluidos los de su propia bancada, frente a un Ejecutivo percibido como amenaza.
En este contexto, se configuró una coalición parlamentaria más amplia y flexible. A diferencia de la mayoría absoluta anterior, esta coalición no dependía de una hegemonía única, sino de la articulación de intereses convergentes. Su objetivo no era gobernar desde el Ejecutivo, sino controlar las condiciones bajo las cuales este operaba.
El intento fallido de Castillo de disolver el Congreso en diciembre de 2022 precipitó su caída, pero también evidenció el nuevo equilibrio de poder. Su vacancia fue la expresión de un sistema en el que el Legislativo había adquirido la capacidad de determinar la continuidad del gobierno.
La sucesión de Dina Boluarte consolidó esta dinámica. Su administración operó bajo condiciones de dependencia respecto al Congreso, que mantuvo control sobre decisiones clave. Sin el poder de veto a diposición, su gobierno apenas pudo cuestionar una que otra norma anticonstitucional aprobada por el Congreso por insistencia. La presidencia dejó de ser el centro del poder para convertirse en una instancia funcional dentro de un esquema dominado por el Legislativo. El Poder Ejecutivo se convirtió en una mesa de partes del Congreso.
El hito central de esta etapa fue la aprobación de la bicameralidad. Esta decisión revirtió, en la práctica, el resultado de la consulta popular de 2018, en la que una amplia mayoría de ciudadanos rechazó la creación de un Senado: 13.9 millones votaron por el No a la creación del Senado y apenas 1.4 millones votaron por el Si. Aunque formalmente válida, esta medida evidenció la distancia creciente entre la legalidad procedimental y la legitimidad sustantiva.
IV. Tercera etapa (2026): la consolidación — el Senado como arquitectura del poder permanente
La implementación del Senado en 2026 representa la culminación del proceso. Antes de ella tenemos un gobierno parlamentarista de facto. Después de las elecciones de abril, vamos a formalizar este nuevo esquema de gobierno, con un agregado. Un plus. No se trata únicamente de la creación de una segunda cámara, sino del diseño de una estructura institucional con vocación de permanencia. Sus características —en particular su rol en los nombramientos de órganos clave del Estado, su función de revisión legislativa y su posición dentro del equilibrio entre poderes— le otorgan una capacidad de influencia que trasciende el ciclo político inmediato.
A diferencia de las mayorías parlamentarias, que pueden variar significativamente entre elecciones, el Senado introduce un componente de continuidad institucional. Su rol no se limita a la producción legislativa, sino que se extiende al control de decisiones estratégicas del Estado. En particular, su participación en los procesos de designación de autoridades en organismos clave —como el Tribunal Constitucional, la Junta Nacional de Justicia, la Contraloría o el Banco Central— le otorga una capacidad de influencia que trasciende el ciclo político inmediato.
Asimismo, su función como cámara revisora le permite actuar como filtro sobre la producción normativa, modulando o bloqueando decisiones provenientes de la Cámara de Diputados. Este diseño no solo introduce un mecanismo adicional de deliberación, sino que configura un espacio institucional con capacidad efectiva de veto, reforzando el peso del Legislativo en el equilibrio de poderes.
En este contexto, las elecciones de 2026 adquieren un significado particular. No definirán las reglas del sistema, sino la distribución de posiciones dentro de una estructura ya establecida. La ciudadanía no decidirá si desea o no un Senado —esa decisión fue tomada previamente— sino quiénes lo integrarán.
Se configura así una tensión de fondo: el mismo electorado que rechazó la bicameralidad es convocado a legitimar, mediante su participación electoral, una institución cuya creación no fue al menos nuevamente consultada. La competencia electoral se mantiene, pero dentro de un marco que ya no está en disputa.
En este punto, la noción de victoria adquiere un sentido distinto. El fujimorismo no ha ganado pese al parlamentarismo de facto. Ha sido uno de sus principales beneficiarios —y, en buena medida, uno de sus arquitectos..
V. Legitimidad procedimental y legitimidad sustantiva
El proceso descrito obliga a distinguir entre dos dimensiones de la legitimidad democrática. La legitimidad procedimental se refiere al cumplimiento de las reglas formales para llenar los escaños: elecciones libres, mayorías parlamentarias y decisiones adoptadas conforme a la Constitución. Bajo este criterio, el sistema peruano mantiene sus rasgos democráticos.
La legitimidad sustantiva, en cambio, evalúa en qué medida las decisiones reflejan la voluntad efectiva de los ciudadanos. Desde esta perspectiva, surgen tensiones significativas. La reversión de un referéndum, la centralidad del Congreso en la remoción de presidentes y la creación de una cámara con vocación de permanencia cuestionan la correspondencia entre representación y soberanía popular.
El resultado es un sistema que preserva las formas de la democracia, pero en el que el contenido del poder político se desplaza hacia espacios menos sensibles al control electoral directo.
Reflexión final
Durante la última década, el Perú ha experimentado una transformación silenciosa pero profunda. Sin modificar formalmente su Constitución a través de una Constituyente. Por el contrario, ha transitado hacia un parlamentarismo de facto en el que el Congreso se ha convertido en el centro efectivo del poder.
Las elecciones de 2026 no revertirán este proceso. Por el contrario, contribuirán a consolidarlo y lo más importante, formalizarlo. Su relevancia ya no radica únicamente en definir quién ocupa la presidencia, sino en determinar quién controla los mecanismos institucionales que condicionan el ejercicio del poder.
La pregunta central del debate público debería reflejar este cambio: no quién gobernará desde el Ejecutivo, sino quién, desde el Congreso —y particularmente desde el Senado— tendrá capacidad de definir las reglas del sistema político en los próximos años.
Reconocer esta transformación no implica aceptar sus consecuencias como inevitables. Pero sí constituye el primer paso para comprender que, en el Perú contemporáneo, el poder ya no se decide únicamente en el voto presidencial, sino en la arquitectura institucional que determina lo que ese voto puede —y no puede— cambiar.