Los primeros cien días del gobierno de Keiko Fujimori permiten identificar una orientación económica que combina pragmatismo fiscal, búsqueda de inversión privada y decisiones destinadas a dinamizar algunos mercados. Sin embargo, todavía es temprano para hablar de una estrategia de desarrollo. Las medidas adoptadas muestran prioridades y señales, pero también dejan preguntas sobre su consistencia y sus efectos de mediano plazo.
El contexto internacional ofrece oportunidades. Los precios de los minerales y el dinamismo de las exportaciones han favorecido los ingresos fiscales, mientras que la inversión privada podría encontrar nuevos espacios de expansión. Pero el país sigue enfrentando problemas estructurales: baja productividad, informalidad laboral, limitada diversificación productiva, inseguridad y brechas de infraestructura y servicios públicos.
El desafío del Gobierno no consiste solamente en recuperar el crecimiento, sino en conseguir que este se traduzca en mejores empleos, mayores ingresos y una economía menos vulnerable a los ciclos externos. Para ello, el pragmatismo debe convertirse en una política económica coherente.
1. La motosierra quedó guardada
Una de las primeras señales del nuevo Gobierno ha sido el abandono de la retórica de ajuste drástico del gasto público. La propuesta presupuestal y las decisiones fiscales muestran una orientación distinta: utilizar mayores recursos para atender demandas y ampliar el margen de acción del Estado.
El proyecto de presupuesto público para 2027 asciende a S/ 266.506 millones, 3,5% más que el presupuesto inicial de 2026. De ese monto, S/ 196.421 millones provendrían de ingresos tributarios, mientras que el endeudamiento previsto alcanza los S/ 24.436 millones. Al mismo tiempo, el Ejecutivo ha planteado elevar el déficit fiscal permitido para 2027 de 1,4% a 2,4% del PBI, lo que abriría un espacio adicional de gasto estimado en alrededor de S/ 18.000 millones.
La decisión supone postergar la convergencia fiscal: la meta de déficit de 1% del PBI, que anteriormente se proyectaba para 2028, se trasladaría a 2031. El argumento del Gobierno es que existe espacio para responder a las necesidades del país sin comprometer la sostenibilidad de las cuentas públicas.
No se trata necesariamente de una decisión equivocada. En determinadas circunstancias, una política fiscal menos restrictiva puede contribuir a sostener la actividad económica, especialmente cuando existen brechas de infraestructura y necesidades sociales acumuladas. El problema aparece cuando la expansión del gasto no está acompañada de mejoras en su calidad y ejecución.
La pregunta, por tanto, no es únicamente cuánto se gasta, sino en qué se gasta y qué resultados produce. Un mayor déficit puede ser defendible si financia inversión pública productiva, infraestructura y servicios que eleven la capacidad de crecimiento. Resulta mucho menos convincente si termina financiando gasto corriente permanente, compromisos de difícil reversión o decisiones de corto plazo.
2. Gastar más exige recaudar mejor
La situación fiscal presenta una paradoja. Por un lado, los ingresos públicos han mostrado un desempeño favorable. Al cierre de septiembre de 2026, los ingresos corrientes del Gobierno General crecieron 13,7% real en el acumulado enero-septiembre. En ese mismo periodo, la recaudación del impuesto a la renta aumentó 15,4% real y la del IGV, 9,8%. Además, el déficit fiscal acumulado de los últimos doce meses se situó en 0,9% del PBI, por debajo del límite previsto para 2026.
Sin embargo, parte importante de esta mejora responde al dinamismo de la actividad económica y a los elevados precios de los minerales. Es decir, no necesariamente refleja una transformación estructural de la capacidad recaudatoria del Estado.
Hay otro dato que merece atención: mientras el gasto corriente aumentó 8,5% real entre enero y septiembre, el gasto de capital se contrajo 9%. Esta diferencia resulta especialmente relevante cuando el Gobierno justifica una mayor flexibilidad fiscal por la necesidad de impulsar la inversión y cerrar brechas de infraestructura.
El país necesita recaudar más, pero también gastar mejor. La ampliación del déficit no debería convertirse en una licencia para postergar indefinidamente la reforma tributaria, la ampliación de la base de contribuyentes y la reducción de la evasión y la elusión. Tampoco debería desplazar la inversión pública, cuya ejecución es fundamental para complementar la inversión privada.
La sostenibilidad fiscal no depende solamente de cumplir una meta numérica. Depende de que el Estado tenga capacidad para generar ingresos permanentes y utilizar los recursos con eficiencia. Si el crecimiento de la recaudación depende demasiado de los precios internacionales, el margen fiscal puede reducirse rápidamente cuando cambie el ciclo externo.
3. La inversión necesita algo más que incentivos
La inversión privada es indispensable para recuperar el crecimiento, generar empleo y ampliar la capacidad productiva. Pero no basta con ofrecer incentivos, simplificar procedimientos o transmitir confianza a los empresarios. También se necesita un entorno en el que las empresas compitan, innoven y encuentren razones para elevar su productividad.
En este terreno, la competencia debe ocupar un lugar más visible en la política económica. El papel de Indecopi es fundamental: no solo como autoridad encargada de sancionar prácticas anticompetitivas y eliminar barreras burocráticas, sino como institución que debe contribuir a que nuevos actores puedan ingresar a los mercados, que los consumidores tengan alternativas y que las empresas encuentren incentivos para innovar.
Durante estos primeros cien días, el Gobierno designó a Milagros Maraví Sumar como presidenta del Consejo Directivo de Indecopi. La nueva titular anunció una gestión orientada a la transparencia, el enfoque ciudadano y el fortalecimiento de los servicios institucionales. Son objetivos relevantes, pero el desafío será traducirlos en una agenda efectiva de promoción de la competencia, eliminación de barreras de entrada y protección de los consumidores.
La productividad no se consigue únicamente aumentando la inversión de las empresas existentes. También depende de que puedan surgir nuevos emprendimientos, de que las empresas menos eficientes tengan incentivos para mejorar y de que la innovación encuentre condiciones para desarrollarse. Un mercado cerrado o dominado por pocos operadores puede atraer inversiones, pero no necesariamente genera los mejores resultados para la economía.
Por eso, la política de competencia debería formar parte de una estrategia más amplia de productividad. La inversión necesita reglas estables, infraestructura y seguridad jurídica, pero también mercados abiertos y autoridades capaces de evitar que las ventajas de unos pocos se conviertan en obstáculos para el resto.
4. China y Estados Unidos: no hay espacio para exclusividades
La política comercial también refleja la necesidad de pragmatismo. El Perú mantiene relaciones económicas importantes con China y Estados Unidos, dos socios con intereses y estrategias internacionales cada vez más confrontados. Para una economía pequeña y abierta, tomar partido en esa disputa sería una decisión costosa.
Las cifras comerciales muestran la importancia creciente de China. Entre enero y agosto de 2026, las exportaciones peruanas alcanzaron US$ 74.122 millones, un crecimiento de 34% respecto del mismo periodo del año anterior. De ese total, US$ 28.261 millones tuvieron como destino China, con un incremento de 39%. Las exportaciones hacia Estados Unidos sumaron US$ 7.146 millones, creciendo 24%, mientras que las dirigidas a la Unión Europea alcanzaron US$ 6.744 millones, con un aumento de 9%.
China concentra así una proporción importante de nuestras exportaciones y constituye un socio fundamental para la minería y el desarrollo de infraestructura, como demuestra la relevancia del puerto de Chancay. Pero esa relación también plantea el desafío de evitar una dependencia excesiva de un solo mercado y de una estructura exportadora concentrada en materias primas.
La minería representó US$ 53.899 millones de las exportaciones entre enero y agosto, con un crecimiento de 50,6%. El cobre alcanzó US$ 25.561 millones y el oro US$ 18.876 millones. En contraste, las exportaciones agropecuarias sumaron US$ 7.586 millones, con un crecimiento de apenas 2,1%.
Estos resultados reflejan tanto una oportunidad como una vulnerabilidad. El país se beneficia del dinamismo de la demanda internacional y de los precios de los minerales, pero todavía tiene dificultades para diversificar su oferta exportable y ampliar el peso de las actividades con mayor valor agregado.
Estados Unidos, por su parte, sigue siendo un socio comercial relevante y un mercado importante para productos agroindustriales, textiles y manufacturas. La relación con ambos países debe conducirse sobre la base de los intereses nacionales, el respeto a los acuerdos comerciales y la diversificación de mercados. El pragmatismo no consiste en escoger entre Washington y Beijing, sino en preservar la autonomía de la política exterior y aprovechar las oportunidades económicas de ambos vínculos.
5. Inflación y sucesión: una nueva etapa para el BCRP
La inflación introduce una preocupación que no puede quedar al margen de la evaluación económica de estos primeros cien días. En octubre de 2026, el índice de precios al consumidor de Lima Metropolitana registró un incremento interanual de 5,25%, mientras que el indicador nacional llegó a 4,83%. La inflación limeña acumula ocho meses por encima del rango meta del Banco Central de Reserva, establecido entre 1% y 3%.
No se trata de una cifra menor. La inflación afecta el poder adquisitivo de los hogares, especialmente de aquellos que destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentos, transporte y servicios básicos. Además, sus efectos no son necesariamente iguales en todas las regiones: la composición del consumo, los costos de transporte y las condiciones de abastecimiento generan experiencias distintas entre los hogares peruanos.
La responsabilidad de enfrentar la inflación corresponde principalmente al BCRP, cuya autonomía y mandato de estabilidad monetaria deben preservarse. El Gobierno, por su parte, debe evitar que sus decisiones fiscales y regulatorias generen presiones adicionales sobre los precios, y atender los problemas de oferta e infraestructura que pueden encarecer los bienes y servicios.
En este contexto, la sucesión de Julio Velarde adquiere una dimensión institucional. Su trayectoria al frente del BCRP ha sido importante para consolidar la credibilidad de la política monetaria peruana. Reconocer ese aporte no significa asumir que la estabilidad monetaria depende indefinidamente de una sola persona. Precisamente, una institución sólida debe demostrar que puede preservar su credibilidad más allá de sus autoridades.
La renovación del directorio abre la oportunidad de iniciar una nueva etapa, con continuidad en los principios fundamentales y capacidad para responder a los desafíos actuales. La inflación fuera del rango meta constituye una prueba concreta para el nuevo directorio: deberá explicar sus decisiones, evaluar los riesgos y sostener la confianza pública. La sucesión no debería entenderse como una ruptura con el pasado, sino como una oportunidad para demostrar que la fortaleza del BCRP es institucional y no personal.
6. Tasas de interés: liberar el tope no crea competencia
La eliminación de los topes a las tasas de interés puede ampliar el espacio para que las entidades financieras evalúen el riesgo y ofrezcan productos de crédito a segmentos que antes podían quedar excluidos. Sin embargo, retirar una restricción legal no garantiza, por sí solo, una reducción del costo del financiamiento ni una mayor inclusión financiera.
El problema de fondo es la competencia. Si el mercado mantiene una oferta concentrada, las entidades existentes no necesariamente tendrán incentivos suficientes para mejorar sus condiciones. La entrada de nuevos participantes, la innovación tecnológica y una mayor diversidad de productos pueden contribuir a ampliar las alternativas de ahorro y crédito para hogares y empresas.
En este punto, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS) tiene una responsabilidad importante. En agosto de 2026, la institución modificó el reglamento de autorización de nuevas empresas financieras y aseguradoras, estableciendo procedimientos diferenciados según el perfil de riesgo y el modelo de negocio de cada solicitante. La norma contempla plazos máximos de evaluación de hasta 120 días para la autorización de organización bajo la modalidad estándar y de hasta 180 días para la autorización de funcionamiento. También incorpora procedimientos más ágiles para determinadas entidades.
Se trata de un avance regulatorio que apunta a facilitar el ingreso de nuevos operadores sin debilitar la supervisión prudencial ni la protección de los ahorristas. Pero el desafío es acelerar su implementación y hacer que esa apertura se traduzca en nuevas entidades efectivamente operativas. La autorización para organizar un banco no equivale todavía a una licencia para funcionar: entre ambas etapas existe un proceso que debe ser riguroso, pero también previsible y eficiente.
La prudencia regulatoria es indispensable, especialmente en un sistema financiero donde la confianza constituye un activo fundamental. Sin embargo, no debería convertirse en una barrera innecesaria para la competencia. La entrada de nuevos bancos, entidades digitales y empresas financieras puede ampliar las alternativas de financiamiento, introducir innovación y presionar a los operadores establecidos a mejorar sus condiciones.
La liberalización de las tasas, por tanto, debería ir acompañada de una política decidida de promoción de la competencia. De lo contrario, el cambio normativo corre el riesgo de modificar las condiciones legales del mercado sin alterar suficientemente su estructura.
7. El empleo todavía espera
Los indicadores de empleo formal muestran una evolución favorable, aunque todavía insuficiente para hablar de una mejora generalizada de las condiciones laborales. En agosto de 2026, los puestos de trabajo formales a nivel nacional alcanzaron aproximadamente 6,49 millones, con un crecimiento interanual de 4,9%. Esto significó la incorporación de alrededor de 302.000 puestos respecto de agosto de 2025. En el sector privado, el empleo formal aumentó 6,6%.
Los sectores de servicios, agropecuario y comercio explicaron buena parte de esta expansión, con 103.000, 95.000 y 51.000 puestos adicionales, respectivamente. El empleo agropecuario creció 16,6%, mientras que el minero aumentó 11,4%, aunque con una contribución absoluta más reducida: alrededor de 16.000 puestos.
Sin embargo, hay un dato que merece una lectura más cuidadosa. La masa salarial formal creció 3,1% en términos reales en agosto, por debajo del aumento de 4,9% en el número de puestos formales. En el sector privado, la masa salarial real aumentó 3%, frente a un crecimiento de 6,6% del empleo.
La diferencia sugiere que el crecimiento del empleo no está siendo acompañado por un incremento proporcional de los ingresos reales promedio. La masa salarial es el resultado conjunto del número de trabajadores y de sus remuneraciones; por eso, su aumento no debe confundirse automáticamente con una mejora equivalente del ingreso individual. De hecho, si se comparan ambos indicadores, el ingreso real promedio implícito habría mostrado una reducción en el periodo.
A ello se suma el incremento de la remuneración mínima vital, que constituye otra evidencia del pragmatismo del Gobierno. Durante la campaña electoral, Keiko Fujimori cuestionó duramente la propuesta de aumento planteada por su competidor. Sin embargo, ya en el ejercicio del poder, anunció un incremento de S/ 1.130 a S/ 1.300, equivalente a 15% en total, que se aplicaría en dos tramos: el primero elevó la remuneración a S/ 1.230 desde octubre de 2026, mientras que los S/ 70 restantes se aplicarían durante el primer semestre de 2027. Posteriormente, la propuesta presidencial fue validada por consenso en el Consejo Nacional de Trabajo. Más allá de la contradicción con el discurso electoral, la decisión muestra la disposición del Gobierno a adoptar medidas que antes cuestionaba, aunque también plantea la necesidad de explicar los criterios técnicos que sustentan el cambio de posición.
La medida representa una mejora nominal para quienes perciben el salario mínimo y puede contribuir a recuperar parte del poder adquisitivo. Pero su impacto debe evaluarse considerando la productividad, la capacidad de pago de las empresas y las diferencias entre sectores y regiones. El aumento de la remuneración mínima no resuelve por sí solo la informalidad ni garantiza una mejora general de los ingresos.
El desafío laboral sigue siendo ampliar el empleo formal, elevar la productividad de las empresas y conseguir que el crecimiento se traduzca en mejores remuneraciones. Un país puede generar más puestos de trabajo y, al mismo tiempo, mantener una estructura laboral precaria y de bajos ingresos. Esa es una de las contradicciones que la política económica todavía debe resolver.
8. El pragmatismo todavía no es una estrategia
Los primeros cien días muestran un Gobierno que ha optado por alejarse de algunas promesas de ajuste radical y adoptar una orientación más flexible frente al gasto público, la inversión y la actividad económica. También hay decisiones que apuntan a fortalecer la competencia, facilitar el ingreso de nuevos operadores financieros y mantener una relación comercial pragmática con los principales socios del país.
Pero todavía falta articular esas decisiones en una estrategia de desarrollo. El crecimiento de las exportaciones, la mejora de la recaudación y la expansión del empleo formal son señales favorables, aunque no necesariamente expresan cambios estructurales en la productividad de la economía.
El Perú necesita aprovechar el ciclo favorable de los minerales sin depender exclusivamente de él; atraer inversión privada, pero también promover competencia e innovación; ampliar el gasto público, pero mejorar su calidad y ejecución; y generar empleo formal que se traduzca en mejores ingresos.
La política económica no puede limitarse a administrar coyunturas ni a responder a las demandas inmediatas de los distintos grupos de interés. Requiere prioridades, instituciones capaces de sostenerlas y mecanismos para evaluar sus resultados.
El pragmatismo puede ser un punto de partida. Su valor, sin embargo, dependerá de que deje de ser una suma de decisiones aisladas y se convierta en una orientación consistente hacia el crecimiento de la productividad, la diversificación productiva y la mejora de las condiciones de vida. Los primeros cien días permiten reconocer algunas señales. Los resultados, como siempre, tendrán que demostrar si existe una estrategia detrás de ellas.