Hay una figura que la ciencia política conoce bien pero que rara vez nombra con claridad: el mal perdedor institucionalizado. No es simplemente alguien que no acepta una derrota. Es alguien que convierte esa derrota en un instrumento de presión sobre el sistema, con la habilidad suficiente para incorporar actores de peso en su narrativa hasta hacer que el costo de ignorarlo sea mayor que el costo de ceder. En el Perú post primera vuelta del 12 de abril de 2026, Rafael López Aliaga está ejecutando ese manual con una precisión que merece ser analizada sin eufemismos.
El precedente cercano y sus diferencias
El referente más inmediato que viene a la mente es Keiko Fujimori tras la primera vuelta de 2016. Keiko no aceptó su derrota frente a PPK e hizo de la obstrucción parlamentaria su política de gobierno en la oposición. Pero había una diferencia crucial: Keiko tenía mayoría congresal absoluta. Su capacidad de daño era real, institucional, cotidiana. Podía hacer imposible la gobernabilidad desde adentro del sistema, y así lo hizo en líneas generales.
RLA no llega a ese nivel, pero tampoco carece de poder institucional. Tiene bancada en el Congreso actual y ha ganado hasta donde ha llegado el conteo oficial, 8 escaños en el Senado y 16 en la Cámara de Diputados que se inauguran con la nueva legislatura. Su brazo más visible en esta crisis ha sido la congresista Norma Yarrow, quien en ejercicio de sus funciones de fiscalización realizó una visita inopinada a las oficinas centrales de la ONPE, donde denunció públicamente "caos" en los equipos, ausencia de personeros e irregularidades en el proceso, pidiendo intervención inmediata de la Fiscalía. Una acción que, independientemente de su sustento, cumplió una función política precisa: instalar visualmente la sospecha dentro del propio organismo electoral. Yarrow, además, ha resultado elegida como diputada por Lima Metropolitana, lo que le garantiza continuidad institucional en la nueva legislatura. RLA no opera solo desde la tribuna pública: opera también desde el interior del sistema que cuestiona.
El paralelo que realmente importa: 1962-1963
Para encontrar el precedente más cercano hay que retroceder más de seis décadas. En 1962, Víctor Raúl Haya de la Torre obtuvo la primera votación pero no alcanzó el tercio constitucional requerido. La narrativa de fraude que siguió, amplificada por actores militares y civiles, derivó en el golpe de julio de ese año y en la convocatoria a nuevas elecciones en 1963. El Jurado Nacional de Elecciones fue intervenido ante la incapacidad de resistir la presión acumulada de los diversos actores frente a la multitud de evidencias de fraude que cargaron sobre esta institución.
La diferencia estructural con el día de hoy es significativa: en 1962 era el primer candidato argumentando fraude sobre el sistema. Hoy es el tercero argumentando fraude sobre el segundo. Eso debería reducir la legitimidad del reclamo. Pero hay algo que lo compensa: la estrechez del margen entre segundo y tercero, que hace técnicamente razonable sostener que el resultado pudo ser otro. Una idea que se ha instalado con facilidad en la sociedad luego que las dos principales encuestadoras publicaran resultados de su conteo rápido mostrando posiciones notoriamente distintas entre RLA y Sánchez.
Y hay algo más que diferencia este momento del de 1962: las Fuerzas Armadas de hoy difícilmente ejecutarían un golpe clásico. Los costos institucionales, internacionales y legales son enormes comparados con los de hace seis décadas. Pero eso no elimina el riesgo; lo desplaza. Si el objetivo ya no puede ser un golpe de Estado, el objetivo se convierte en un bullying al sistema electoral: anular los resultados, convocar elecciones complementarias, suspender el cronograma. Eso es exactamente lo que RLA ha pedido en distintas formulaciones desde el 12 de abril, cambiando el ropaje del pedido cada vez que el anterior era rechazado.
La trampa de cada respuesta institucional
Aquí reside el nudo más delicado del escenario actual. Cada decisión que el sistema electoral toma en este contexto de presión enfrenta una trampa estructural: si cede, valida la narrativa de fraude; si no cede, es acusado de encubrimiento. No hay respuesta técnicamente correcta que sea políticamente suficiente para un actor cuyo objetivo no es la verdad sino la presión.
Lo que sí puede evaluarse es si las respuestas institucionales han sido las más adecuadas para aislar esa trampa. Desde una perspectiva sistémica, tres momentos merecen atención.
Primero, la denuncia penal de la procuraduría del JNE contra el jefe de la ONPE al inicio de las impugnaciones: lo que pudo haberse leído como proactividad institucional terminó siendo interpretado — incluso por actores que no simpatizan con RLA — como una señal de que algo efectivamente había fallado dentro del propio sistema. Cuando la procuraduría del JNE denunció al jefe de la ONPE, no estaba fiscalizando hacia abajo, estaba fragmentando al sistema electoral hacia afuera. Y cuando el sistema se denuncia a sí mismo, el efecto sobre la confianza pública es devastador, independientemente de la legalidad del acto.
Segundo, el rechazo a las elecciones complementarias: la decisión del órgano colegiado fue jurídicamente sustentable, pero la comunicación pública quedó atrapada en el lenguaje del cronograma y la viabilidad técnica, sin ofrecer a la ciudadanía un argumento de fondo sobre por qué la solicitud era no solo inviable sino conceptualmente errada. La diferencia entre "no podemos hacerlo" y "esto no procede porque el fraude alegado no tiene sustento y hacerlo sería abrir una puerta que destruiría cualquier sistema electoral futuro" es enorme. Solo se escuchó lo primero.
Tercero, la auditoría técnica del desarrollo electoral anunciada el último sábado: sin fecha de inicio, sin efectos suspensivos sobre el cronograma y sin condicionamiento alguno sobre la segunda vuelta, el anuncio fue interpretado por RLA exactamente como era de esperarse. Lo usó para volver al punto de origen: si el JNE mismo siente la necesidad de auditar, es porque en realidad hubo fraude. Una respuesta institucional que le da argumentos al impugnador es una respuesta que no cumplió su función.
Fortalecer la posición del sistema electoral de aquí al domingo 7 de junio requiere algo que no ha ocurrido todavía: una comunicación institucional que no solo defienda decisiones sino que explique con claridad, en lenguaje ciudadano, cuál es el argumento de fondo que sustenta la integridad del proceso. No para convencer a RLA — eso ya es imposible — sino para aislar su narrativa del resto de actores que todavía pueden ser persuadidos.
El actor que no habla: Keiko en campaña
Hay un silencio que en política raramente es inocente. Mientras RLA escala y sostiene incansablemente su impugnación, Keiko Fujimori está en campaña. Publica en sus redes sociales las visitas a las madres de comedores populares, sus reuniones de escucha activa a jóvenes que votaron por primera vez y que no lo hicieron por ella, su acercamiento a los barrios populares en los conos de Lima, su reunión multicolor con una comunidad rural en algún lugar de Ayacucho. Es la imagen de una sólida candidata presidencial en movimiento. No ha tomado posición pública sobre el conflicto entre RLA y el sistema electoral. Ese silencio es llamativo.
Vale la pena hacerse la pregunta que la coyuntura sugiere: ¿Habría llegado esta crisis a este punto si RLA hubiera quedado claramente en segundo lugar y Sánchez en tercero o quinto lugar? La respuesta probable es no. El verdadero detonante no es solo el ego de un perdedor: es que el segundo lugar lo ocupa Roberto Sánchez, y eso genera en amplios sectores — empresarial, militar, mediático y probablemente fujimorista — un nivel de incomodidad que convierte el cuestionamiento electoral en algo más que una rabieta política.
¿Están coordinados Keiko y RLA? No hay evidencia de acuerdo explícito. Pero no es necesario que exista uno para que sus incentivos sean convergentes (ver nota técnica que publicaré en breve con un análisis de esta situación desde la teoría de juegos). Hay además un precedente histórico que vale recordar: en 1985, Alfonso Barrantes, candidato de Izquierda Unida que había pasado a la segunda vuelta, renunció a disputarla y dejó el camino libre a Alan García para que asuma su primera presidencia. Barrantes anunció su decisión bajo el argumento de evitar costos elevados al erario público, además que la ventaja electoral era de lejos bastante amplia. Si RLA llegara a una situación análoga — habiendo agotado la vía impugnatoria sin éxito — la renuncia al balotaje no sería una derrota: sería una jugada. Ya tiene garantizado su escaño en el Senado. No necesita la presidencia para seguir siendo un actor de peso.
La estructura de incentivos lo explica todo
Hay una última clave que ningún actor en este escenario ha dicho en voz alta. Nadie está pidiendo auditar los resultados del Congreso ni del Senado. Solo los resultados presidenciales. Renovación Popular no ha cuestionado los escaños logrados a nivel legislativo. Fuerza Popular tampoco. Las impugnaciones se concentran exclusivamente en la franja que determina quién acompaña a Keiko Fujimori en la segunda vuelta. Esa selectividad no es un detalle procesal: es la confesión implícita de cuál es el verdadero objetivo.
Roberto Sánchez es hoy congresista, pero con un mandato en extinción. Postuló al número uno de la lista de diputados de Juntos por el Perú por Lima, su partido no superó la valla electoral, y con eso se cierra su proyección institucional. No habrá curul en Diputados, no habrá segunda vuelta, no habrá Palacio. Lo que le queda es un poder residual que se agota en julio. Desde ese lugar es muy difícil armar cualquier resistencia sólida.
Keiko, en cambio, ya tiene 22 escaños en el Senado, una bancada importante en Diputados, el porcentaje más alto de votos válidos en primera vuelta, y una segunda vuelta que se perfila sin el único rival que realmente le preocupaba. Si Sánchez queda fuera de la segunda vuelta, ella no solo gana la presidencia con alta probabilidad: gana en condiciones de gobernabilidad. No tendría que verse forzada a vacar a nadie, no tendría que negociar desde la debilidad, no tendría que repetir el desgaste de los años 2016 a 2021. Eso es lo que está en juego. Y eso explicaría por qué este escándalo, que se presenta como una defensa de la democracia, es en realidad una operación de exclusión con ropaje de crisis electoral.
Coda: lo que la historia ya nos enseñó
La historia no se repite. Pero a veces ensaya los mismos movimientos con actores distintos. Vale recordar cómo terminó el ciclo que se abrió en 1962: la presión sobre el sistema electoral produjo un golpe, luego unas elecciones en 1963 en las que Belaúnde llegó al poder luego que se impusiera la narrativa de un fraude, y aun así su gobierno terminó abruptamente en 1968 derrocado por Juan Velasco Alvarado. La intervención sobre el sistema electoral no generó estabilidad: generó una cadena de inestabilidad que costó doce años de gobierno militar. Nadie en sus cabales debería querer repetir ese ciclo. La pregunta relevante hoy no es si RLA tiene razón, sino si las instituciones tienen la fortaleza suficiente para que esa puerta no se vuelva a abrir, y si quienes hoy la empujan han calculado bien lo que puede entrar por ella.