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lunes, septiembre 07, 2026

El precio de dejar de ser antifujimorista

Carlos Meléndez ha escrito sobre un concepto que el denomina "la economía moral del antifujimorismo": esa forma de entender la política peruana en la que ser antifujimorista terminó siendo, para algunos, algo más que una posición política. Era pertenecer al lado democrático, decente y moralmente correcto.

Meléndez observa ahora, no sin ironía, que algunos de quienes ocuparon ese lugar han terminado trabajando para el gobierno de Keiko Fujimori. La pregunta que plantea en ese sentido es interesante: ¿Qué ocurrió con aquella frontera moral?

Pero antes de ello, quizá falta otra pregunta: ¿Por qué esa frontera dejó de tener valor político?

El antifujimorismo que ganaba elecciones

Durante años, el antifujimorismo fue una fuerza electoral formidable. Alejandro Toledo llegó a Palacio en julio de 2001 después de encabezar la Marcha de los Cuatro Suyos tan solo un año antes. Una década después, Ollanta Humala derrotó a Keiko en 2011 encabezando una coalición que tuvo al antifujimorismo como uno de sus principales elementos aglutinadores. Cinco años mas tarde, PPK hizo lo mismo en 2016. Incluso Susana Villarán construyó buena parte de su capital político dentro de ese espacio.


El antifujimorismo no era solamente una oposición. Era una promesa: la de que había otra manera de hacer política.


Pero, esa promesa se erosionó a lo largo de esos 25 años. Toledo terminó condenado el 2024 por el caso Odebrecht. PPK enfrenta investigaciones y juicios por sus vínculos con la constructora brasileña. Villarán admitió aportes de Odebrecht y OAS. Alan García murió antes de poder enfrentar judicialmente las acusaciones que pesaban sobre él.


No todos estos casos son iguales, pero políticamente produjeron un efecto semejante: la corrupción dejó de ser atribuible de manera exclusiva al fujimorismo. El antifujimorismo perdió su monopolio moral.


De la mayoría absoluta a la cooptación

Conviene no perder de vista la cronología pero, esta vez desde otro ángulo. En 2016 el fujimorismo obtuvo una mayoría absoluta en el Congreso, con más de 70 escaños. Gobernaba por números absolutos: no necesitaba construir puentes con otras fuerzas políticas, le bastaba y sobraba su propia bancada. Con K.


Pero el cierre del Congreso por Vizcarra en 2019 cambió esa ecuación. El fujimorismo perdió esa mayoría, pero esta situación le obligó a aprender a ganar algo distinto: la capacidad —y la necesidad— de construir alianzas, en particular con una izquierda conservadora que compartía con la derecha una misma desconfianza hacia los "caviares" que se creían la reserva moral del país.


Ahí nace el patronazgo como estrategia, no como rasgo constante de Keiko: cuando ya no le alcanzaba con los votos propios, había que ofrecer algo a cambio de los ajenos. Un ministerio, una embajada, una dirección, una candidatura, una banca. Eso tiene un nombre menos escandaloso que corrupción —patronazgo político— y cuando sirve para incorporar adversarios, cooptación. El mecanismo puede ser perfectamente legal; su naturaleza política, sin embargo, merece ser discutida.


Montesinos necesitaba comprar voluntades con fajos de billetes una por una. Keiko, sin esa mayoría de 2016, aprendió algo más eficiente: no hace falta que todos sean fujimoristas, basta con que muchos tengan razones para trabajar con el poder. Es, casi al pie de la letra, la segunda de las 48 leyes del poder que popularizó Robert Greene: aprender a usar a los enemigos en beneficio propio.


Tres formas de cruzar la frontera

El fenómeno que señala Meléndez no es uniforme; tiene grados. A diferencia de su columna, que ilustra el patrón con un antifujimorista hipotético y compuesto, acá vale la pena mirar casos reales y verificables, aunque sin necesidad —ni certeza— de reconstruir la biografía laboral privada de cada uno.


Está el caso técnico: alguien sin cargo partidario acepta una posición dentro del aparato del Estado. Sheput —crítico del fujimorismo antes de asumir como ministro de Trabajo— es quizás el ejemplo más representativo de la idea de Meléndez: el antifujimorista que podría haber terminado enviando su CV con "algunas sugerencias de puestos", como escribe en su columna.


Está el caso del operador: Rospigliosi, antifujimorista visceral de vieja data, que también terminó, con el tiempo, del otro lado. Su caso importa porque muestra que esto no es solo pragmatismo de una nueva generación: incluso los más duros cruzan la frontera cuando cambia el mercado político.


Está también el caso de la conversión plena: Hernando Guerra García, crítico del fujimorismo, terminó como congresista —y vocero— de esa misma fuerza. Este nivel no requiere ni siquiera un aporte técnico a cambio: solo lealtad declarada.


De la misma cantera del PPC surgen dos variantes más. Luis Galarreta, opositor reconocido hace ya bastante tiempo, hoy preside el Consejo de Ministros. Beingolea, invitado al gabinete por el propio Galarreta, terminó disputando —como ministro de Cultura— que el futuro del LUM se decida en su sector y no en Justicia; no está claro si busca protegerlo o controlar los términos de su desmontaje, pero es él quien, por el momento, decide. 


Pero el caso que mejor cierra la lista es otro: Álvaro Vargas Llosa, hijo del Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, figura entre los nombres solicitados para representar al Perú en Washington. No se trata de un antifujimorismo faccioso ni de carrera política doméstica, sino del antifujimorismo más doctrinario y de mayor proyección internacional que tuvo el país: el que sostuvo, durante tres décadas, que un triunfo de los Fujimori equivalía a una reivindicación de la dictadura. Si ni siquiera esa posición escapa a la lógica del nombramiento, la tesis se sostiene con más fuerza que con cualquiera de los casos anteriores.


El recurso más escaso

Aquí aparece una variable que suele quedar fuera de estas discusiones: el empleo. En un país donde la informalidad laboral sigue siendo enorme, una posición estable dentro del Estado vale mucho más que el salario. Significa continuidad profesional, redes, visibilidad y, para un político, la posibilidad de sostener una carrera.


Por eso la pregunta no debería ser solamente por qué un antiguo antifujimorista acepta trabajar para Keiko. También habría que preguntar qué precio tiene hoy seguir siendo antifujimorista, cuando esa etiqueta ya no garantiza una victoria electoral pero el gobierno sí puede distribuir posiciones y construir alianzas. Lo que antes parecía traición puede ser, simplemente, una decisión racional dentro de un mercado político.


El Congreso que juntó a los extremos

La última legislatura mostró hasta dónde llegó esta transformación: los extremos políticos se encontraron para combatir a un enemigo común, el "caviar", el "progre", el "caviarón". Esa coalición no reunía solo a la derecha; incorporaba también a sectores de izquierda que desconfiaban de una que se había acostumbrado a presentarse como reserva moral.


La antigua división entre izquierda y derecha —también la de fujimoristas y antifujimoristas— perdió capacidad explicativa. Lo que empezó a importar fue quién tenía acceso a los recursos del poder y quién podía distribuirlos.


Por eso Keiko puede haber ganado algo más que una elección. La victoria de Keiko en 2026 no significa que los peruanos hayan olvidado los años noventa, ni que las críticas contra Alberto Fujimori hayan perdido validez. Significa que el antifujimorismo dejó de funcionar como veto electoral, en parte porque el propio sistema político fue destruyendo, durante quince años, las fronteras morales sobre las que ese veto se sostenía.


El fujimorismo aprendió otra cosa: no necesita que todos sean fujimoristas. Le basta con que muchos tengan razones para trabajar con él. Ahí está, quizás, la diferencia entre Montesinos y Keiko. Montesinos necesitaba comprar voluntades. Keiko tiene algo más poderoso: el control de un paisaje político lleno de posiciones que repartir.


No hace falta un sobre. Basta un nombramiento.

viernes, septiembre 04, 2026

¿Puede el BCRP sobrevivir a Velarde?

Hay preguntas que pueden estar mal formuladas y, sin embargo, esconder una preocupación perfectamente legítima.

Eso ocurrió esta semana en el Senado, durante la presentación de Julio Velarde para su ratificación como presidente del Banco Central de Reserva. El senador Humberto Morales preguntó por la relación entre la inflación de Estados Unidos y la inflación peruana. La pregunta fue rápidamente convertida por algunos medios en una muestra de ignorancia económica.

Creo que se cometió un error.

No porque la pregunta, tomada literalmente, sea técnicamente correcta. La inflación de Estados Unidos no se traslada automáticamente a la inflación peruana. Pero una cosa es corregir una pregunta y otra muy distinta es descalificar la preocupación que existe detrás de ella.

Y esa preocupación es bastante sencilla: ¿Cómo aquello que ocurre en las grandes economías y en los mercados internacionales termina afectando los precios que pagamos los peruanos?

Esa era una oportunidad para explicar.

La economía que llega desde afuera

Un congresista no tiene por qué ser economista. Su obligación es representar a ciudadanos que, en su inmensa mayoría, tampoco lo son. Cuando formula una pregunta sobre algo que afecta sus vidas, corresponde que el especialista explique.

La respuesta podía haber sido muy sencilla.

Si el dólar se fortalece, puede afectar los precios de los productos que importamos. Si aumenta el precio internacional del petróleo, puede subir el costo de los combustibles, del transporte y de muchas actividades productivas. Si cambian las condiciones financieras internacionales, también pueden producirse movimientos en el tipo de cambio y en los flujos de capital.

En otras palabras, lo que ocurre fuera del Perú puede terminar afectando la economía peruana por distintos canales. No estamos hablando de una ocurrencia.

El propio Banco Central estudia estos mecanismos. Sus investigaciones analizan precisamente cómo los shocks externos, los movimientos del tipo de cambio y los cambios en los precios internacionales pueden transmitirse a la inflación peruana.

Por eso, aunque la pregunta de Morales pudo ser técnicamente imprecisa, la preocupación que contenía no lo era.

La pregunta no debía ser simplemente si “la inflación de Estados Unidos causa la inflación peruana”. La pregunta relevante era otra:

¿Hasta qué punto los acontecimientos económicos y políticos que ocurren fuera del Perú terminan afectando los precios que pagamos dentro del Perú?

Y esa pregunta tiene una respuesta económica.

La respuesta que se perdió

Velarde podría haber dicho:

"No exactamente. La inflación de Estados Unidos no se traslada automáticamente a la inflación peruana. Pero existen mecanismos por los cuales un shock externo puede afectarnos: el tipo de cambio, los precios internacionales, las condiciones financieras y otros factores. Precisamente por eso el Banco Central estudia estos fenómenos."

Con eso habría cerrado la discusión y, de paso, habría explicado economía a millones de peruanos.

En cambio, la conversación terminó concentrándose en si el senador sabía o no sabía economía.

Y ese es un debate bastante menos importante.

Porque si cada vez que un político formula una pregunta técnicamente imperfecta respondemos descalificando su desconocimiento, terminamos olvidando algo elemental: preguntar también es una forma de representar a quienes no tienen conocimientos especializados.

El ciudadano común no tiene porqué saber qué es un shock externo, cómo funciona el pass-through cambiario o qué diferencia existe entre inflación subyacente e inflación total. Pero lo que sí sabe es que cuando sube el dólar, cuando aumenta el petróleo o cuando ocurre una crisis internacional, algo puede terminar cambiando en los precios de los productos que consume diariamente.

La tarea de una institución como el BCR no es burlarse de esa intuición. Es explicar cuánto de ella es correcto y cuánto no.

El problema no es Velarde

Defender la legitimidad de la pregunta de Morales no significa desconocer los méritos de Julio Velarde.

Todo lo contrario.

Velarde representa para muchos peruanos algo que tiene un enorme valor: la defensa de la autonomía del Banco Central frente al poder político. En un país donde las instituciones han sufrido tantas veces la presión de los gobiernos de turno, esa independencia merece ser protegida.

Pero hay que tener cuidado con convertir una virtud institucional en una dependencia personal.

Velarde no es el BCR.

El Banco Central es una institución y debe ser capaz de sobrevivir a sus presidentes, incluso a aquellos que han tenido un desempeño extraordinario.

Hace años que Velarde ocupa un lugar central en la historia económica reciente del país. Es comprensible que su nombre esté asociado a la estabilidad monetaria. Lo que no debería ocurrir es que terminemos creyendo que la estabilidad depende de que una determinada persona permanezca indefinidamente en el cargo.

Eso sería exactamente lo contrario de lo que significa construir instituciones.

El Banco Central no necesita monarcas

Hay una paradoja en todo esto.

El principal legado de Velarde debería ser precisamente haber contribuido a fortalecer una institución que no dependa de una persona. Sin embargo, la narrativa construida alrededor de su figura parece haber producido, por momentos, el efecto contrario: como si la estabilidad monetaria del Perú necesitara necesariamente de su permanencia.

Una institución republicana no puede depender de monarcas.

Y aquí conviene recordar algo que el propio Velarde ha señalado. Al referirse a su eventual sucesión, ha mencionado que dentro del Banco Central existen dos personas que podrían asumir la presidencia sin poner en riesgo la autonomía y la continuidad de la institución. La primera es Adrián Armas economista jefe y la segunda es Paul Castillo actual gerente general del cambio. Y la terna puede completarse con Álex Contreras, ex ministro de economía, también con trayectoria dentro del BCR. Es un reconocimiento importante, porque demuestra que la fortaleza del BCR no está concentrada en una sola persona.

Entonces, ¿Por qué deberíamos pensar que el relevo de Velarde constituye una amenaza para la estabilidad monetaria? Velarde puede haber sido un excelente presidente del BCR. Puede incluso haber sido uno de los mejores que ha tenido el país. Pero eso no lo convierte en indispensable.

El Banco Central cuenta con profesionales y economistas de larga trayectoria capaces de asumir responsabilidades de primer nivel. El relevo generacional no debería ser visto como una amenaza, sino como una prueba de que la institución funciona.

Una institución fuerte no es aquella que encuentra al hombre indispensable. Es aquella que puede reemplazarlo sin perder su rumbo.

Y quizá ahí está la verdadera medida del legado de Velarde: no que el Perú necesite a Velarde para mantener la estabilidad monetaria, sino que el BCR sea suficientemente sólido como para que Velarde pueda irse algún día y la estabilidad permanezca.

Una pregunta incómoda merece una respuesta

Hay, finalmente, una cuestión que va más allá de Morales y de Velarde.

En una democracia, las autoridades técnicas también tienen una responsabilidad frente a quienes ejercen representación política. El hecho de que una pregunta provenga de un congresista no la convierte automáticamente en una buena pregunta. Pero tampoco la convierte en una pregunta indigna de ser respondida.

Morales fue elegido por ciudadanos. Puede equivocarse. Puede formular mal una pregunta. Puede incluso desconocer aspectos técnicos de aquello que está preguntando.

Pero precisamente para eso existen las instituciones especializadas.

Un presidente del Banco Central tiene algo que un senador probablemente no tiene: la capacidad técnica para tomar una pregunta sencilla y convertirla en una explicación que ayude a entender cómo funciona la economía. Esa oportunidad se perdió.

Y quizá habría sido mucho más útil para el país escuchar una breve lección sobre cómo los shocks internacionales llegan a nuestra economía que una discusión sobre quién sabe más de economía.

Porque detrás de la pregunta de un senador hay, finalmente, una pregunta que millones de peruanos podrían hacerse:

¿Por qué lo que ocurre al otro lado del mundo termina afectando lo que pago aquí?

Esa pregunta puede ser imperfecta. Pero no es ignorante.

Merece una respuesta.