I. El ritual del
catastrofismo
Cada vez que un gobierno anuncia un aumento de la
Remuneración Mínima Vital (RMV), el debate público peruano parece ingresar en
un ciclo predecible. Los gremios empresariales advierten sobre los riesgos para
la competitividad. Los economistas recuerdan que elevar artificialmente el
precio del trabajo reducirá inevitablemente la demanda laboral. Los medios
especializados anticipan efectos negativos sobre la formalización. Y la
conclusión suele formularse con aparente certeza: aumentar el salario mínimo
destruirá empleo.
En una economía como la peruana, donde más del 70%
de los trabajadores se desempeña en condiciones de informalidad, la advertencia
adquiere además una variante particular. El problema no sería necesariamente el
desempleo abierto, sino la reducción del empleo formal y el desplazamiento de
trabajadores hacia actividades informales de menor productividad. Desde esta
perspectiva, cualquier incremento de la RMV terminaría agravando precisamente
el problema que pretende resolver.
La lógica detrás de este argumento es conocida. En
su formulación más simple, el modelo competitivo del mercado laboral sostiene
que un salario mínimo fijado por encima del salario de equilibrio reduce la
cantidad de trabajo demandada por las empresas. Si contratar trabajadores se
vuelve más costoso, las empresas contratarán menos. Durante décadas esta
explicación fue considerada prácticamente incuestionable dentro de la profesión
económica.
Sin embargo, a partir de los trabajos pioneros de
David Card y Alan Krueger en la década de 1990, la discusión comenzó a cambiar.
Utilizando métodos empíricos innovadores para la época, estos autores mostraron
que incrementos moderados del salario mínimo no necesariamente producían las
pérdidas de empleo que predecía la teoría convencional. La abundante literatura
desarrollada durante las tres décadas siguientes ha reforzado una conclusión
incómoda para los defensores de la visión tradicional: los efectos del salario
mínimo sobre el empleo suelen ser mucho más pequeños de lo que anticipan los
modelos competitivos más simples y, en numerosos casos, resultan
estadísticamente indistinguibles de cero.
Ello no significa, por supuesto, que cualquier
incremento del salario mínimo carezca de consecuencias económicas. Los propios
Card y Krueger fueron cuidadosos en señalar que salarios mínimos excesivamente
elevados podrían generar efectos adversos sobre el empleo. La evidencia
contemporánea no ha reemplazado una certeza por otra. Lo que ha hecho es
desplazar la discusión desde las afirmaciones categóricas hacia preguntas más
complejas sobre magnitud, contexto institucional y condiciones específicas de
cada mercado laboral.
La reciente campaña presidencial ha devuelto esta
discusión al centro del debate público. La propuesta del candidato Julio
Sánchez de elevar la RMV hasta S/ 1,500 ha provocado reacciones previsibles.
Para algunos, la medida constituye una herramienta necesaria para mejorar los
ingresos de los trabajadores de menores remuneraciones. Para otros, representa
una amenaza para la generación de empleo formal y la competitividad
empresarial. Como suele ocurrir en estas discusiones, ambos lados recurren con
frecuencia a afirmaciones generales y pocas veces a evidencia concreta sobre lo
que realmente ha ocurrido en el Perú cuando la RMV ha aumentado.
Esta ausencia resulta sorprendente. Durante la
última década el Perú experimentó cuatro incrementos de la remuneración mínima:
en 2016, 2018, 2022 y 2025. Estos episodios ofrecen una oportunidad excepcional
para evaluar empíricamente una pregunta que suele responderse más desde las
convicciones ideológicas que desde los datos: ¿qué ocurrió con el empleo formal
privado después de cada incremento de la RMV?
Este artículo aborda esa pregunta utilizando
información mensual del empleo formal privado nacional proveniente de la
Planilla Electrónica y difundida por el Banco Central de Reserva del Perú para
el período comprendido entre enero de 2015 y marzo de 2026. Mediante un
análisis de series temporales interrumpidas, se evalúa si los aumentos
observados de la RMV estuvieron asociados con cambios significativos en la
trayectoria del empleo formal.
Sin embargo, la evidencia estadística constituye
solo una parte de la historia. Los resultados plantean una cuestión más
profunda. Si los incrementos observados de la RMV no provocaron las reducciones
de empleo formal que repetidamente se anunciaron antes de cada ajuste,
¿significa ello que cualquier aumento es inocuo? ¿O existe algún elemento
particular de la experiencia peruana que permita explicar estos resultados?
La respuesta conduce a un episodio poco recordado
de la historia reciente del diálogo social peruano. En 2007, trabajadores,
empleadores y Estado alcanzaron en el Consejo Nacional de Trabajo y Promoción
del Empleo (CNTPE) uno de los acuerdos tripartitos más importantes en materia
salarial. Dicho acuerdo buscó construir una metodología objetiva para la
actualización periódica de la RMV basada en inflación, productividad y otros
criterios económicos. También estableció una meta más ambiciosa: aproximar progresivamente
el salario mínimo al costo de una canasta básica de consumo.
Dos décadas después, buena parte de ese esfuerzo
institucional permanece inconcluso. Paradójicamente, mientras el debate
contemporáneo se concentra en discutir cuánto debe aumentar la RMV, la pregunta
más importante parece ser otra: ¿cómo debería decidirse ese aumento?
La tesis de este artículo es que la experiencia
peruana reciente no respalda la afirmación de que los incrementos observados de
la RMV destruyan empleo formal privado. Pero tampoco demuestra que cualquier
incremento sea inocuo. Lo que sí muestra es la importancia de una
institucionalidad capaz de vincular las decisiones salariales con evidencia
objetiva, productividad, inflación y mecanismos efectivos de diálogo social. Más
que el monto específico de un incremento aislado, ese sigue siendo el verdadero
desafío de la política salarial peruana.
II. Una herramienta
para distinguir correlación de impacto
Una dificultad
frecuente en los debates sobre política económica consiste en atribuir a una
medida específica cambios que en realidad pueden obedecer a múltiples factores
simultáneos. El empleo formal no evoluciona únicamente en función del salario
mínimo. También responde al crecimiento económico, la inversión privada, las
expectativas empresariales, la demanda interna, los precios internacionales,
los cambios regulatorios y una larga lista de acontecimientos que afectan
permanentemente el comportamiento de las empresas y los trabajadores.
Por ello, observar
que el empleo aumenta o disminuye después de un incremento de la RMV no basta
para concluir que dicho cambio fue causado por el aumento salarial. El clásico
problema de distinguir correlación de causalidad aparece aquí con toda su fuerza.
La literatura
moderna sobre salario mínimo ha intentado resolver este desafío mediante
diseños cuasi experimentales que permitan aproximarse a la pregunta
fundamental: ¿qué habría ocurrido con el empleo si el salario mínimo no hubiera
aumentado?
Los trabajos
pioneros de David Card y Alan Krueger marcaron un punto de inflexión
precisamente porque introdujeron esta lógica de comparación contrafactual. En
lugar de limitarse a observar la evolución del empleo antes y después de un
aumento salarial, compararon jurisdicciones donde el salario mínimo cambió con
otras donde permaneció constante, buscando aislar el efecto atribuible a la
política pública. El objetivo no era demostrar una teoría, sino identificar
empíricamente qué sucedía en la realidad.
En el caso peruano,
la naturaleza nacional de la RMV impide construir un grupo de control
geográfico comparable al utilizado en aquellos estudios. Todos los empleadores
sujetos a la legislación laboral enfrentan simultáneamente el mismo cambio
normativo. Sin embargo, ello no impide realizar una evaluación rigurosa.
Para este propósito
se utiliza un modelo de Series
Temporales Interrumpidas (Interrupted
Time Series Analysis, ITS), una metodología ampliamente empleada
para evaluar políticas públicas cuando una intervención ocurre en un momento
claramente identificable y afecta a toda la población observada.
La lógica del
método es relativamente sencilla. Primero se estima cuál era la trayectoria
previa de una variable —en este caso, el empleo formal privado nacional— antes
de la intervención. Luego se evalúa si, después de la intervención, aparece un
cambio significativo respecto de esa trayectoria histórica.
Estos cambios
pueden adoptar dos formas.
·
La primera es un cambio de nivel, es
decir, una variación inmediata del empleo una vez implementada la medida.
·
La segunda es un cambio de tendencia, es
decir, una modificación en la velocidad de crecimiento o disminución observada
después de la intervención.
Esta distinción
resulta importante porque los efectos de una política pueden manifestarse de
maneras distintas. Algunas intervenciones producen impactos inmediatos pero
transitorios. Otras generan modificaciones graduales que solo se hacen visibles
con el paso de los meses. El ITS permite identificar ambas posibilidades.
La base de datos
utilizada corresponde al empleo formal privado nacional registrado en la
Planilla Electrónica y difundido mensualmente por el Banco Central de Reserva
del Perú. La serie comprende el período entre enero de 2015 y marzo de 2026, lo
que proporciona más de una década de información continua para analizar el
comportamiento del empleo antes y después de cada incremento de la RMV.
Durante ese período
se produjeron cuatro aumentos de la remuneración mínima: mayo de 2016, abril de
2018, mayo de 2022, enero de 2025. Cada uno de estos episodios constituye una
intervención susceptible de evaluación dentro del modelo.
Antes de proceder
con la estimación econométrica, la serie fue sometida a un proceso de
desestacionalización mediante la metodología STL (Seasonal and Trend decomposition using
Loess). Este paso permite eliminar fluctuaciones periódicas
asociadas a factores estacionales —como campañas comerciales, ciclos
productivos o variaciones propias del calendario— que podrían dificultar la
identificación de cambios estructurales.
Asimismo, se
incorporó explícitamente el impacto extraordinario de la pandemia de COVID-19.
Ignorar este episodio habría introducido una fuente evidente de distorsión en
los resultados, dado que la emergencia sanitaria provocó la mayor contracción
del empleo formal observada durante todo el período analizado. Considerar este
shock de manera separada permite evitar que sus efectos sean erróneamente
atribuidos a los cambios en la RMV.
El propósito del
ejercicio no es demostrar que los incrementos del salario mínimo generan empleo
ni confirmar de antemano alguna posición ideológica respecto de la política
salarial. El objetivo es más modesto, pero también más útil: determinar si la
trayectoria observada del empleo formal privado nacional presenta cambios
significativos y sistemáticos después de los aumentos de la RMV registrados
durante la última década.
Si la hipótesis
tradicional fuera correcta, cabría esperar reducciones apreciables del empleo o
una desaceleración persistente de su crecimiento luego de cada incremento
salarial. Si tales efectos no aparecen en los datos, corresponderá preguntarse
si las advertencias que acompañan cada ajuste responden realmente a la
evidencia disponible o más bien a una visión teórica que encuentra dificultades
para reproducirse en la experiencia concreta del mercado laboral peruano.
III. Lo que dicen
los datos
Antes de examinar los
resultados econométricos conviene observar una regularidad elemental de los
datos.
Entre 2015 y 2026 el
Perú registró cuatro incrementos de la Remuneración Mínima Vital. Cada uno de
ellos estuvo acompañado por advertencias sobre posibles efectos negativos sobre
el empleo formal. Sin embargo, una primera revisión de la información
disponible muestra una realidad bastante distinta.
La Tabla 1 presenta
el número de trabajadores formales registrados en la Planilla Electrónica en el
momento de cada incremento de la RMV y doce meses después del ajuste.
Tabla 1 Evolución del empleo formal privado nacional
antes y después de cada incremento de la RMV
|
Incremento
de la RMV |
Empleo
formal privado en el mes del ajuste (miles) |
Empleo
formal privado 12 meses después (miles) |
Variación
absoluta (miles) |
Variación
porcentual |
|
Mayo 2016: S/750 → S/850 |
3,374.4 |
3,450.1
(May-17) |
+75.7 |
+2.2% |
|
Abril 2018: S/850 → S/930 |
3,722.7 |
3,831.4
(Apr-19) |
+108.7 |
+2.9% |
|
Mayo 2022: S/930 → S/1,025 |
3,852.5 |
4,065.0
(May-23) |
+212.5 |
+5.5% |
|
Enero 2025: S/1,025 → S/1,130 |
4,307.3 |
4,517.2
(Jan-26) |
+209.9 |
+4.9% |
Elaboración propia con información de la Planilla Electrónica publicada por el BCRP.
Los resultados son llamativos por su consistencia. En ninguno de los cuatro episodios el empleo formal privado nacional era menor un año después del incremento de la RMV. Por el contrario, el número de trabajadores formales registrados aumentó en todos los casos.
Naturalmente,
esta observación no permite establecer relaciones causales. El hecho de que el
empleo aumente después de un incremento salarial no significa que el aumento
haya sido la causa de dicho crecimiento. Durante esos mismos períodos operaron
simultáneamente otros factores económicos capaces de influir sobre la
generación de empleo.
Sin
embargo, esta evidencia sí permite formular una primera observación relevante.
Si los incrementos de la RMV hubieran provocado reducciones significativas del
empleo formal, cabría esperar que tales efectos fueran visibles al menos en la
evolución general de la serie. No es eso lo que muestran los datos.
La Figura 1 permite apreciar esta dinámica de manera más clara.
Figura 1 Empleo formal privado nacional y aumentos de la
RMV, 2015-2026
Elaboración propia con información del BCRP
La trayectoria general del empleo formal privado
presenta una tendencia creciente durante la mayor parte del período analizado.
Los aumentos de la RMV aparecen como eventos puntuales dentro de esa
trayectoria, pero no generan rupturas evidentes ni cambios permanentes de
dirección.
Existe, sin embargo, una excepción notable. El año
2020 registra una caída abrupta y generalizada del empleo formal asociada a la pandemia
de COVID-19. A diferencia de lo que ocurre con los incrementos de la RMV, el
impacto de la emergencia sanitaria aparece claramente reflejado en la serie. La
contracción del empleo es inmediata, profunda y estadísticamente inconfundible.
Este contraste resulta particularmente ilustrativo.
Cuando ocurre un shock realmente importante para el
mercado laboral, la serie lo revela con claridad. La pandemia constituye
precisamente ese tipo de evento. Los incrementos de la RMV, en cambio, no
producen alteraciones comparables.
No obstante, la inspección visual de una serie
temporal tiene limitaciones evidentes. Los cambios pueden ser pequeños,
graduales o quedar ocultos detrás de otras fluctuaciones económicas. Por ello
resulta necesario recurrir a un análisis econométrico que permita identificar
de manera más rigurosa posibles cambios de nivel o de tendencia asociados a
cada intervención.
Para este propósito se estimó un modelo de series
temporales interrumpidas que incorpora explícitamente los cuatro incrementos de
la RMV y controla el shock extraordinario provocado por la pandemia.
Los resultados se presentan en la Tabla 2.
Tabla 2 Resultados del modelo ITS para los incrementos
de la RMV
|
R²
ajustado |
Observaciones |
Shock
pandemia |
Tendencia
secular |
||
|
0.971 |
135 |
−297
mil |
+3.9
mil |
||
|
ajuste
del modelo |
meses,
2015–2026 |
caída
de nivel, p<0.001 |
empleos/mes,
p<0.001 |
Coeficientes del
modelo OLS con errores estándar robustos (HC1). β₂ = cambio de nivel inmediato
al momento del ajuste; β₃ = cambio en la pendiente de la tendencia. Variable
dependiente: empleo formal desestacionalizado (miles).
|
Parámetro |
β |
SE |
IC 95% |
p-valor |
Sig. |
|
Parámetros de base |
|||||
|
Constante (nivel base) |
3,356.6 |
2.87 |
[3351.0,
3362.3] |
0.000 |
*** |
|
Tendencia secular (β₁) |
+3.919 |
0.262 |
[3.41,
4.43] |
0.000 |
*** |
|
Shock pandemia (dummy nivel) |
−297.2 |
33.72 |
[−363.3,
−231.1] |
0.000 |
*** |
|
RMV S/750 → S/850 (mayo 2016) |
|||||
|
Cambio de nivel (β₂) |
−13.8 |
5.54 |
[−24.7,
−3.0] |
0.012 |
** |
|
Cambio de pendiente (β₃) |
+4.303 |
0.538 |
[3.25,
5.36] |
0.000 |
*** |
|
RMV S/850 → S/930 (abril 2018) |
|||||
|
Cambio de nivel (β₂) |
+108.7 |
17.23 |
[75.0,
142.5] |
0.000 |
*** |
|
Cambio de pendiente (β₃) |
−5.854 |
1.024 |
[−7.86,
−3.85] |
0.000 |
*** |
|
RMV S/930 → S/1025 (mayo 2022) |
|||||
|
Cambio de nivel (β₂) |
+181.8 |
38.03 |
[107.2,
256.3] |
0.000 |
*** |
|
Cambio de pendiente (β₃) |
+7.782 |
1.323 |
[5.19,
10.37] |
0.000 |
*** |
|
RMV S/1025 → S/1130 (enero 2025) |
|||||
|
Cambio de nivel (β₂) |
+86.6 |
23.50 |
[40.5,
132.6] |
0.000 |
*** |
|
Cambio de pendiente (β₃) |
+9.225 |
1.043 |
[7.18,
11.27] |
0.000 |
*** |
*** p<0.01 ** p<0.05 * p<0.1 — Errores estándar robustos HC1. DW=0.52 (autocorrelación residual presente; coeficientes consistentes, inferencia conservadora).
La lectura de los resultados confirma lo que sugería la evidencia descriptiva.
El incremento de mayo de 2016 muestra una reducción
inicial pequeña del empleo formal, equivalente aproximadamente al 0.4% del
stock existente en ese momento. Sin embargo, la tendencia posterior registra
una aceleración significativa del crecimiento. Los aumentos de abril de 2018,
mayo de 2022 y enero de 2025 presentan resultados aún más favorables. En los
tres casos se observan cambios positivos de nivel y trayectorias posteriores
compatibles con la continuidad del crecimiento del empleo formal. Más
importante aún, ninguno de los cuatro episodios genera una ruptura negativa
persistente de la tendencia observada previamente.
El único evento que produce una alteración
estructural de magnitud considerable es la pandemia. La caída asociada al
COVID-19 supera ampliamente cualquier variación observada alrededor de los
incrementos salariales y constituye el principal punto de inflexión de toda la
serie analizada.
Desde luego, estos resultados no implican que el
salario mínimo genere empleo ni que cualquier incremento carezca de riesgos
económicos. Lo que muestran es algo más acotado, pero también más relevante
para el debate público peruano.
Los incrementos efectivamente observados entre 2016
y 2025 no provocaron las pérdidas de empleo formal privado que repetidamente
fueron anticipadas antes de cada ajuste. Esta conclusión resulta consistente
con una parte importante de la literatura internacional contemporánea. Sin
embargo, también plantea una pregunta que la evidencia estadística por sí sola
no puede responder. Si los incrementos de la RMV no destruyeron empleo formal,
¿Significa esto que cualquier aumento es inocuo? ¿O existe algún elemento
específico de la experiencia peruana que ayude a explicar estos resultados?
Responder esta pregunta exige abandonar
momentáneamente la econometría y regresar a un episodio poco recordado de la
historia reciente del diálogo social peruano: el acuerdo tripartito alcanzado
en el Consejo Nacional de Trabajo y Promoción del Empleo en agosto de 2007.
IV. La regla olvidada: el acuerdo tripartito de
2007
Para contestar a la
pregunta planteada al final de la sección anterior, nos vemos en la necesidad
de retroceder casi dos décadas y revisar un episodio poco recordado del diálogo
social peruano.
Una parte importante
del debate contemporáneo sobre salario mínimo descansa sobre una premisa
implícita: que los ajustes de la RMV son decisiones esencialmente
discrecionales adoptadas por los gobiernos de turno en función de
consideraciones políticas coyunturales. Bajo esta perspectiva, cada incremento
sería el resultado de una decisión unilateral cuyo único límite vendría dado
por la voluntad política de la autoridad.
Sin embargo, esta
imagen resulta incompleta.
En agosto de 2007,
el Consejo Nacional de Trabajo y Promoción del Empleo (CNTPE) alcanzó uno de
los acuerdos tripartitos más importantes de las últimas décadas en materia
laboral. Luego de varios meses de trabajo técnico y negociación política,
representantes de los trabajadores, los empleadores y el Estado coincidieron en
la necesidad de construir una metodología objetiva para la actualización
periódica de la remuneración mínima vital.
El objetivo era
ambicioso. Se buscaba reemplazar la lógica de ajustes esporádicos y altamente
politizados por un mecanismo sustentado en criterios económicos verificables y
discutidos previamente por las partes. En otras palabras, se intentaba
institucionalizar la política salarial.
La propuesta
acordada descansaba sobre una idea relativamente simple: la evolución de la RMV
debía responder tanto a la necesidad de preservar el poder adquisitivo de los
trabajadores como a la evolución de la capacidad productiva de la economía.
Para ello se
planteó una fórmula sustentada en dos componentes fundamentales:
- la
inflación subyacente esperada;
- la
productividad total de los factores.
La lógica económica
era transparente.
El componente
inflacionario permitía evitar que el aumento sostenido de los precios
erosionara el valor real de los ingresos de los trabajadores que perciben
remuneraciones más bajas. Si los precios aumentan y los salarios permanecen
constantes, el poder adquisitivo disminuye. El ajuste por inflación buscaba
impedir precisamente ese resultado.
Por su parte, el
componente asociado a la productividad respondía a una lógica distinta. Si la
economía produce más eficientemente, parte de esas ganancias deberían
reflejarse también en la evolución de los salarios. La productividad operaba,
por tanto, como un mecanismo para compartir los beneficios derivados del
crecimiento económico y del progreso tecnológico.
Vista desde hoy, la
propuesta representaba un esfuerzo notable por compatibilizar dos objetivos que
suelen presentarse como contradictorios: mejorar los ingresos de los
trabajadores y preservar las condiciones para la generación de empleo formal. Sin
embargo, una revisión detallada del estudio técnico que sirvió de sustento al
acuerdo revela un aspecto poco conocido pero fundamental para comprender los
debates posteriores.
La productividad no
fue concebida como un componente mecánico e invariable de la fórmula. Por el
contrario, el documento contemplaba explícitamente la posibilidad de modular la
incidencia de la productividad mediante un coeficiente sujeto a negociación
entre las partes. En términos prácticos, ello significaba que el traslado de
las ganancias de productividad hacia la RMV no era automático ni necesariamente
completo. Su magnitud podía ser objeto de discusión dentro del propio proceso
de diálogo social. Este detalle adquiere especial relevancia cuando la
productividad muestra resultados negativos.
Una interpretación
estrictamente mecánica de la fórmula podría llevar a concluir que una
productividad negativa debería descontarse del componente inflacionario,
reduciendo o incluso eliminando cualquier incremento de la RMV. Sin embargo, el
diseño original admitía una interpretación diferente. En ausencia de
crecimiento de la productividad, las partes podían optar por neutralizar dicho
componente y preservar el ajuste asociado a la inflación.
La productividad
positiva funcionaba como un premio adicional. La productividad negativa no
necesariamente operaba como un castigo. Esta precisión resulta particularmente
importante porque reapareció, casi dos décadas después, durante la discusión
previa al incremento aprobado en 2025. Como veremos más adelante, buena parte
de la controversia reciente giró precisamente alrededor de la interpretación de
este componente de la fórmula.
Pero el acuerdo
alcanzado en 2007 contenía además una segunda dimensión que suele recibir mucha
menos atención.
Más allá de la
metodología de actualización periódica, las partes coincidieron en una
aspiración de largo plazo: avanzar progresivamente hacia una remuneración
mínima compatible con el costo de una canasta básica de consumo. Este punto
merece especial atención porque modifica la manera habitual de interpretar el
debate salarial peruano.
Frecuentemente se
presenta la discusión como una confrontación entre quienes desean aumentar la
RMV y quienes consideran que cualquier incremento resulta perjudicial para la
economía. Sin embargo, el acuerdo tripartito muestra una realidad distinta. Los
representantes de trabajadores y empleadores no discrepaban sobre la
conveniencia de mejorar progresivamente el salario mínimo. El propio acuerdo
reconocía explícitamente esa necesidad. La diferencia radicaba en la velocidad
de convergencia, en los mecanismos de ajuste y en las condiciones económicas
bajo las cuales debía producirse dicho proceso. La controversia no era sobre el
destino final. Era sobre el camino para llegar a él.
Esta constatación
resulta particularmente relevante en el contexto actual. La aspiración de
elevar significativamente la remuneración mínima no constituye una innovación
reciente ni una propuesta exclusiva de alguna candidatura presidencial. Formaba
parte del horizonte normativo acordado por los propios actores del diálogo
social desde 2007.
Sin embargo, varios
de los componentes esenciales de aquel acuerdo nunca llegaron a implementarse
plenamente.
Persistieron
desacuerdos sobre la periodicidad de los ajustes. Los representantes de los
trabajadores defendían revisiones anuales, mientras que los representantes
empresariales favorecían intervalos más amplios. Otros aspectos metodológicos
tampoco lograron consensos definitivos.
Durante los
trabajos de la Comisión Especial de Productividad y Salario Mínimo (CEPSM),
desarrollados años después, se consiguieron avances importantes en varios de
estos temas pendientes. Sin embargo, tampoco entonces se logró cerrar
completamente la discusión sobre los elementos centrales que debían regir la
actualización de la RMV. Como resultado, el Perú terminó operando con una
institucionalidad parcialmente construida: suficiente para orientar la
discusión pública, pero insuficiente para convertir la actualización salarial
en un procedimiento plenamente previsible y estable.
Esta situación
ayuda a comprender por qué cada incremento de la RMV continúa generando
controversias similares a las observadas hace casi veinte años. Y también ayuda
a entender por qué la discusión sobre productividad se ha convertido en el
principal tema pendiente de la política salarial peruana.
V. El debate
pendiente: ¿qué productividad debe utilizarse?
Si el acuerdo
tripartito de 2007 logró establecer un marco general para la actualización de
la remuneración mínima, también dejó abiertas algunas cuestiones que con el
paso del tiempo se han vuelto cada vez más importantes. Ninguna de ellas ha
generado tantas controversias como la medición de la productividad.
La discusión reapareció
con especial intensidad durante el proceso de diálogo social que culminó en el
incremento de la RMV aprobado para enero de 2025. A diferencia de debates
anteriores, el principal desacuerdo no se produjo alrededor de la inflación.
Las proyecciones macroeconómicas disponibles mostraban una inflación subyacente
relativamente estable y cercana a la meta del Banco Central. Existía, por
tanto, un amplio consenso respecto de la necesidad de preservar el poder
adquisitivo de los trabajadores mediante un ajuste compatible con dicha evolución
de precios.
La controversia
surgió en torno al segundo componente de la fórmula: la productividad total de
factores (PTF). Los representantes de la parte empleadora presentaron cálculos
del reajuste de la RMV basados en la información elaborada por The Conference Board, una de las
principales fuentes internacionales para la medición comparada de
productividad. Bajo esta metodología, la productividad total de factores del
Perú habría mostrado una trayectoria predominantemente negativa durante buena
parte del período comprendido entre 2014 y 2023.
La implicancia era
evidente. Si la productividad constituía uno de los componentes de la fórmula
acordada en 2007, una productividad negativa debía traducirse en una reducción
equivalente del incremento salarial derivado de la inflación. Llevada a su
extremo lógico, esta interpretación podía incluso justificar la ausencia de
aumentos en la remuneración mínima. Desde esta perspectiva, la productividad
negativa actuaba como una suerte de freno automático sobre cualquier ajuste
salarial.
Sin embargo, esta
interpretación fue cuestionada desde los otros sectores participantes en la
discusión. La revisión del estudio técnico que sirvió de base al acuerdo
tripartito de 2007 permitía una lectura distinta. Como se señaló en la sección
anterior, el diseño original contemplaba la posibilidad de modular la
incidencia del componente productividad mediante un coeficiente sujeto a
negociación. Ello implicaba que una productividad negativa no necesariamente
debía trasladarse mecánicamente a la remuneración mínima. En ausencia de
crecimiento de la productividad, las partes podían optar por neutralizar dicho
componente y mantener el ajuste asociado a la inflación.
En otras palabras,
la productividad positiva operaba como un mecanismo para compartir ganancias de
eficiencia, pero la productividad negativa no estaba necesariamente concebida
como una herramienta para reducir o congelar la capacidad adquisitiva de los
trabajadores.
Esta diferencia de
interpretación explica buena parte de la intensidad del debate observado en 2024.
Pero más allá de la controversia inmediata, la discusión puso de manifiesto un
problema más profundo que el acuerdo original nunca llegó a resolver
completamente: ¿Qué productividad debe utilizarse para orientar la política
salarial?
A primera vista la
respuesta parece obvia. Si la fórmula hace referencia a la productividad total
de factores, bastaría con emplear alguna de las estimaciones disponibles para
la economía peruana. Sin embargo, esta aparente simplicidad desaparece cuando
se considera la estructura del mercado laboral nacional.
El Perú es una de
las economías con mayores niveles de informalidad de América Latina. Más del
setenta por ciento de los trabajadores se desempeña fuera del empleo formal y
una proporción significativa de las unidades productivas opera con bajos
niveles de capitalización, reducida incorporación tecnológica y limitada
capacidad de innovación. Como consecuencia, la productividad agregada de la
economía refleja simultáneamente realidades extremadamente heterogéneas.
Por un lado,
incorpora el desempeño de empresas modernas integradas a mercados
internacionales, intensivas en capital humano y tecnología. Por otro lado,
incorpora también millones de pequeñas unidades económicas caracterizadas por
bajos niveles de productividad y escasa acumulación de capital. Esta
heterogeneidad plantea una interrogante legítima.
La remuneración
mínima es una institución que opera fundamentalmente sobre el empleo formal.
Los trabajadores informales no se encuentran protegidos por la legislación
sobre salario mínimo y las empresas informales no están sujetas a su
cumplimiento efectivo. ¿Resulta entonces apropiado utilizar una medida agregada
de productividad que incorpora amplios segmentos de la economía informal para
determinar la evolución de una institución que afecta principalmente al sector
formal?
La pregunta no
admite una respuesta simple. Tampoco existe actualmente evidencia suficiente
para resolverla de manera concluyente. Sin embargo, constituye una agenda de
investigación que merece mucha mayor atención de la que ha recibido hasta
ahora.
Es perfectamente
posible que la productividad agregada de la economía muestre un comportamiento
mediocre o incluso negativo mientras determinados segmentos del sector formal
experimentan mejoras sustanciales asociadas a inversión, innovación
tecnológica, capacitación laboral o cambios organizacionales. Del mismo modo,
también es posible que las ganancias de productividad observadas en algunos
sectores formales no sean representativas del conjunto de trabajadores sujetos
a la RMV.
La cuestión central
consiste precisamente en identificar cuál de estas dimensiones resulta más
relevante para orientar la política salarial. La respuesta tiene implicancias
que van mucho más allá de una discusión metodológica. Determina la manera en
que una sociedad distribuye los beneficios del crecimiento económico entre
capital y trabajo. Determina también el equilibrio entre objetivos de
competitividad, formalización y bienestar laboral.
En este sentido, la
discusión sobre productividad no constituye un detalle técnico reservado para
especialistas. Representa uno de los principales desafíos pendientes de la
política salarial peruana. Y quizás explica por qué, casi veinte años después
del acuerdo tripartito de 2007, el país sigue debatiendo los mismos dilemas sin
haber encontrado todavía una respuesta institucional definitiva.
VI. Qué nos enseña realmente la literatura sobre
salario mínimo
El debate sobre
salario mínimo suele estar dominado por dos posiciones extremas.
La primera sostiene
que cualquier incremento de la remuneración mínima provoca inevitablemente una
reducción del empleo. La segunda afirma que los aumentos salariales carecen de
efectos negativos relevantes y que, por tanto, pueden utilizarse libremente
como instrumento de redistribución.
Ninguna de estas
posiciones refleja adecuadamente el estado actual del conocimiento económico.
Durante buena parte
del siglo XX predominó la visión derivada del modelo competitivo tradicional.
Según este enfoque, el salario constituye el precio del trabajo y cualquier
intervención que lo eleve artificialmente por encima de su nivel de equilibrio
reducirá la cantidad demandada por las empresas. El resultado esperado es una
disminución del empleo, particularmente entre trabajadores jóvenes, poco
calificados o de menores ingresos. Esta conclusión fue considerada casi una
consecuencia lógica de la teoría económica y aplicable para la realidad del
mercado laboral peruano. Sin embargo, la evidencia empírica acumulada a partir
de la década de 1990 comenzó a cuestionar esa aparente certeza.
Los trabajos
desarrollados por David Card y Alan Krueger representaron un punto de inflexión
en esta discusión. Analizando incrementos del salario mínimo en distintos
estados de los Estados Unidos, los autores encontraron que los efectos observados
sobre el empleo eran considerablemente menores que los anticipados por la
teoría convencional y, en algunos casos, prácticamente inexistentes.
El hallazgo generó
una intensa controversia académica.
Las críticas
iniciales fueron numerosas. Sin embargo, durante las décadas siguientes una
extensa literatura replicó y amplió estos análisis utilizando nuevas bases de
datos, metodologías más sofisticadas y distintos contextos institucionales.
Aunque persisten desacuerdos respecto de la magnitud exacta de los efectos, la
conclusión general de esta literatura es mucho más matizada que la visión
predominante décadas atrás. Los incrementos moderados del salario mínimo no
suelen producir las pérdidas masivas de empleo que predice el modelo
competitivo más simple. En numerosos estudios los efectos estimados son
pequeños, cercanos a cero o estadísticamente insignificantes.
Card y Krueger
resumieron posteriormente esta evidencia señalando que la principal lección de
las investigaciones acumuladas no era la inexistencia de costos asociados al
salario mínimo, sino la necesidad de abandonar explicaciones excesivamente
simplificadas sobre el funcionamiento de los mercados laborales.
¿Por qué ocurre
esto? Una de las respuestas proviene de la existencia de fricciones reales en
el mercado de trabajo. Las empresas no operan en mercados perfectamente
competitivos donde pueden contratar instantáneamente toda la mano de obra que
desean al salario vigente. Reclutar, capacitar y retener trabajadores implica
costos. Los trabajadores poseen información imperfecta sobre las oportunidades
disponibles y enfrentan costos para cambiar de empleo. Existen diferencias de
información, costos de búsqueda y diversos grados de poder de mercado por parte
de los empleadores.
En contextos de
este tipo, un incremento moderado de los salarios puede reducir la rotación
laboral, mejorar la retención de trabajadores calificados, disminuir los costos
de reclutamiento y elevar la productividad. Como resultado, el efecto final
sobre el empleo puede ser mucho menor que el anticipado por el modelo
competitivo tradicional.
Sin embargo,
reconocer estas limitaciones del modelo convencional no implica concluir que
cualquier incremento salarial carece de riesgos.
Los propios Card y
Krueger fueron particularmente cautelosos sobre este punto. Un salario mínimo
fijado a niveles excesivamente elevados puede generar efectos adversos incluso
en mercados donde existen imperfecciones y poder de mercado de los empleadores.
La literatura contemporánea no sostiene que el salario mínimo pueda aumentar indefinidamente
sin consecuencias. Lo que sostiene es que la magnitud de dichas consecuencias
depende de factores institucionales, productivos y económicos específicos.
Este matiz resulta
especialmente importante para interpretar la experiencia peruana.
Los resultados
presentados en la sección anterior muestran que los incrementos observados de
la RMV entre 2016 y 2025 fueron compatibles con una expansión sostenida del
empleo formal privado nacional. Esta evidencia es consistente con los hallazgos
predominantes de la literatura internacional. Los aumentos efectivamente
implementados no generaron las pérdidas de empleo sistemáticamente anunciadas
por sus críticos. Pero ello no significa que cualquier incremento futuro
producirá necesariamente el mismo resultado.
La evidencia
disponible no permite identificar un nivel preciso a partir del cual podrían
aparecer efectos negativos sobre el empleo. Tampoco permite afirmar que
propuestas específicas deban aceptarse o rechazarse automáticamente. Lo que sí
permite afirmar es algo más importante. La discusión sobre la remuneración
mínima no puede reducirse a una oposición simplista entre quienes consideran
que todo aumento destruye empleo y quienes creen que cualquier incremento es
deseable. La experiencia internacional y la evidencia peruana muestran que la
relación entre salario mínimo y empleo es más compleja y depende de factores
como la productividad, la estructura empresarial, las condiciones
macroeconómicas y la calidad de las instituciones encargadas de procesar estos
conflictos distributivos.
Y es precisamente
aquí donde la experiencia peruana adquiere un interés particular.
A diferencia de
muchos debates contemporáneos que presentan la política salarial como una
decisión exclusivamente gubernamental, el acuerdo tripartito alcanzado en el
CNTPE en 2007 intentó construir una institucionalidad capaz de incorporar estos
distintos elementos dentro de un proceso de diálogo social.
La principal
lección que emerge de la evidencia no es que el salario mínimo deba permanecer congelado
ni que pueda incrementarse arbitrariamente. La lección es que las decisiones
salariales funcionan mejor cuando se encuentran respaldadas por información
objetiva, reglas previsibles y espacios institucionales capaces de transformar
conflictos distributivos en acuerdos socialmente legítimos.
VII. ¿Qué debería
hacer el próximo gobierno?
Volvamos ahora a la
pregunta que dio origen a esta discusión: ¿Puede el Perú elevar la remuneración
mínima vital a S/ 1,500? Después de revisar la evidencia disponible, la
respuesta más honesta es que los datos no permiten responder esa pregunta
mediante un simple sí o no. Lo que sí permiten descartar es una afirmación que
suele aparecer de manera recurrente en el debate público: que cualquier
incremento significativo de la RMV provocará inevitablemente una reducción del
empleo formal.
La experiencia
peruana reciente no respalda esa conclusión. Los cuatro incrementos observados
entre 2016 y 2025 fueron compatibles con una expansión sostenida del empleo
formal privado nacional y no produjeron las rupturas negativas que la teoría
convencional anticiparía.
Sin embargo, sería
igualmente incorrecto concluir que cualquier magnitud de incremento carece de
riesgos o puede implementarse sin considerar sus efectos potenciales sobre la
actividad económica y el empleo. La evidencia internacional tampoco sostiene
esa posición.
La verdadera
pregunta, por tanto, no es si la RMV debe aumentar o permanecer congelada. La
cuestión relevante es bajo qué condiciones, con qué criterios y mediante qué
mecanismos institucionales deberían producirse dichos ajustes. Desde esta
perspectiva, la principal enseñanza del acuerdo tripartito alcanzado en el
CNTPE en 2007 conserva plena vigencia.
El acuerdo
reconocía simultáneamente tres principios fundamentales. El primero era la
necesidad de preservar el poder adquisitivo de los trabajadores mediante
ajustes consistentes con la evolución de los precios. El segundo era la
importancia de vincular los salarios con la productividad para evitar que las
mejoras remunerativas se desvincularan completamente de la capacidad económica
de las empresas. El tercero era quizás el más importante de todos: las
decisiones salariales debían surgir de un proceso de diálogo social y no
únicamente de decisiones unilaterales del gobierno de turno.
Vista desde la
perspectiva actual, esta arquitectura institucional parece notablemente
razonable. No prometía resolver automáticamente todas las controversias.
Tampoco eliminaba los inevitables conflictos distributivos entre trabajadores y
empleadores. Lo que hacía era proporcionar un espacio donde esos conflictos
podían procesarse utilizando información técnica, criterios explícitos y
mecanismos de negociación reconocidos por las partes. Desafortunadamente, buena
parte de esta institucionalidad quedó inconclusa. Persistieron desacuerdos
respecto de la periodicidad de los ajustes. No se alcanzó consenso definitivo
sobre algunos indicadores relevantes. La discusión sobre productividad continuó
abierta. El objetivo de convergencia hacia la canasta básica de consumo tampoco
logró traducirse en una política sostenida de largo plazo. Como consecuencia,
cada nuevo incremento de la RMV continúa siendo discutido casi desde cero,
reproduciendo debates que en muchos casos ya habían sido planteados hace casi
dos décadas.
La propuesta de
elevar la RMV a S/ 1,500 debería interpretarse precisamente dentro de este
contexto.
La cuestión central
no es si el objetivo de mejorar los ingresos de los trabajadores resulta
legítimo. El propio acuerdo tripartito de 2007 reconocía la necesidad de
avanzar progresivamente en esa dirección. La cuestión es cómo hacerlo. Responder
esta pregunta exige abordar al menos cuatro dimensiones.
En primer lugar, la
evolución esperada de la inflación. Un ajuste salarial que ignore completamente
el comportamiento de los precios corre el riesgo de perder rápidamente
efectividad en términos de poder adquisitivo real. En segundo lugar, la
productividad. No porque los salarios deban depender mecánicamente de ella,
sino porque una política salarial sostenible requiere comprender cómo
evoluciona la capacidad productiva de la economía y cuáles son los sectores
capaces de absorber incrementos de costos laborales sin afectar negativamente
su nivel de actividad. En tercer lugar, la estructura del mercado laboral. En
una economía donde la informalidad continúa siendo predominante, cualquier
discusión sobre salario mínimo debe considerar simultáneamente sus posibles
efectos sobre formalización, cumplimiento normativo y dinámica empresarial.
Finalmente, resulta
indispensable recuperar espacios efectivos de diálogo social. La experiencia
internacional muestra que las políticas salariales generan menos incertidumbre
cuando se encuentran respaldadas por procedimientos transparentes, reglas
previsibles y mecanismos de concertación entre trabajadores, empleadores y
Estado.
En este sentido, la
principal tarea del próximo gobierno no debería limitarse a decidir cuál será
el próximo valor de la RMV. Su desafío más importante consiste en reconstruir
una institucionalidad capaz de determinar de manera estable, transparente y
técnicamente sustentada cómo evolucionará el salario mínimo en los próximos
años.
Esa fue
precisamente la aspiración que inspiró los acuerdos alcanzados en el CNTPE en
2007. Y sigue siendo, casi veinte años después, una agenda pendiente.
VIII. Conclusión
Los debates sobre
salario mínimo suelen desarrollarse entre certezas opuestas. Para algunos,
cualquier incremento constituye una amenaza para el empleo formal. Para otros,
aumentar la RMV es una herramienta de redistribución cuyos beneficios superan
ampliamente cualquier posible costo económico. La evidencia examinada en este
artículo sugiere una conclusión más matizada.
Los datos
correspondientes al período 2015-2026 no respaldan la afirmación de que los
incrementos observados de la remuneración mínima vital hayan reducido el empleo
formal privado nacional. La trayectoria general del empleo continuó siendo
positiva después de cada ajuste y el único quiebre significativo de la serie
estuvo asociado a la pandemia de COVID-19.
Estos resultados
son consistentes con una amplia literatura internacional que, desde los
trabajos pioneros de Card y Krueger, ha cuestionado la idea de que aumentos
moderados del salario mínimo generen inevitablemente pérdidas significativas de
empleo.
Sin embargo, la principal lección de la
experiencia peruana no es que cualquier incremento sea inocuo. La verdadera
lección es que los ajustes observados durante la última década no ocurrieron en
el vacío. Formaron parte de una institucionalidad que intentó vincular las
decisiones salariales con inflación, productividad y condiciones del mercado
laboral mediante mecanismos de diálogo social.
El acuerdo
tripartito alcanzado en el CNTPE en 2007 representó uno de los esfuerzos más
ambiciosos realizados en el Perú para construir una política salarial basada en
reglas y evidencia. Además de proponer una metodología para la actualización
periódica de la RMV, reconoció la necesidad de aproximar progresivamente el
salario mínimo al costo de una canasta básica de consumo.
Dos décadas
después, varios de los componentes centrales de aquella arquitectura
institucional permanecen pendientes. La discusión sobre productividad sigue
abierta. Los mecanismos de actualización continúan siendo objeto de
controversia. El objetivo de convergencia hacia estándares mínimos de bienestar
permanece inconcluso.
Por ello, la
pregunta más importante para el próximo gobierno no es simplemente cuánto debe
aumentar la remuneración mínima vital. La pregunta verdaderamente relevante es
cómo construir las condiciones institucionales que permitan responder esa
interrogante de manera técnicamente rigurosa, económicamente sostenible y
socialmente legítima.
El desafío ya no
consiste en demostrar que la RMV puede aumentar sin destruir empleo. La
evidencia reciente sugiere que ello es perfectamente posible. El verdadero
desafío consiste en reconstruir los mecanismos de diálogo social capaces de
determinar cuánto, cuándo y bajo qué criterios debe hacerlo el Perú en las
próximas décadas.
IX. Referencias
Banco Central de Reserva del Perú. (2025). Series estadísticas de empleo formal
privado nacional (Planilla Electrónica). Banco Central de Reserva
del Perú. https://www.bcrp.gob.pe
Card,
D., & Krueger, A. B. (1994). Minimum wages and employment: A case study of
the fast-food industry in New Jersey and Pennsylvania. American
Economic Review, 84(4),
772–793.
Card,
D., & Krueger, A. B. (1995). Myth and measurement: The new economics
of the minimum wage.
Princeton University Press.
Card,
D., & Krueger, A. B. (2000). Minimum wages and employment: A case study of
the fast-food industry in New Jersey and Pennsylvania: Reply. American Economic Review, 90(5),
1397–1420. https://doi.org/10.1257/aer.90.5.1397
Consejo Nacional de Trabajo y Promoción del
Empleo. (2007). Remuneración mínima:
Acuerdo sobre metodología de actualización periódica de la remuneración mínima
vital. Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo.
Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo.
(2007). Memoria 2007 del
Consejo Nacional de Trabajo y Promoción del Empleo. Ministerio de
Trabajo y Promoción del Empleo.
The Conference Board. (2024). Total Economy Database. The Conference Board.
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