domingo, noviembre 09, 2008

¿Cuánto optimismo es bueno?

Luego de leer el artículo de Alan García publicado hoy en el diario El Comercio, creo que el Presidente está cumpliendo el papel que le corresponde. Hay que calmar los ánimos, ofrecer perspectivas novedosas, incentivar un clima positivo que pueda ser favorable a los inversionistas.

Pero... ¿Cuánto optimismo de parte suya es razonable?

En mi opinión, creo que Alan falla en proclamar un exceso de optimismo. Su discurso antes que proactivo, aparece como soñador. Un economista local señalaba con elocuencia la claridad con que los gobiernos del Norte publican y señalan los cambios en los indicadores macroeconómicos, aunque sean negativos, para que con los pies bien puestos en tierra, proponer cuáles son las medidas para combatir la situación. Un diagnóstico más concreto, permitiría aprovechar las oportunidades que la crisis traería consigo.

Don Alan García, falla porque no está realizando un balance adecuado de la situación macroeconómica global, y su impacto en la dinámica económica nacional ni subregional. Las sucesivas felicitaciones de las clasificadoras de riesgo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional pueden haberlo embriagado del sueño irreal de que se está haciendo lo necesario para capear la crisis: Nada.

Por ello creo que hay mucho que Alan debe hacer. Cuando Alejandro Toledo le señaló a García que había dejado la macroeconomía en piloto automático y que era mejor que no la tocara, probablemente, no tenía en mente esta situación de crisis global. El contexto internacional ha cambiado, y es necesario que García haga algo para garantizar que la tasa de crecimiento no caiga dramáticamente y así evitar que la pobreza aumente desmedidamente. 

El ministro de economía ha ofrecido que la inversión pública no decaerá, que no es lo mismo que decir que esta aumentará en por ejemplo, 30 ó 40%. Una de las razones por las que probablemente la crisis financiera asiática no nos afectó tanto fue porque el gobierno de Fujimori expandió el gasto público vertiginosamente, contra la recomendación del FMI, para promocionar su tercera reelección. El año preelectoral ayudó en aquel entonces. Pero ahora, no hay ofrecimiento alguno de que esta se expanderá significativamente para capear el temporal.

Finalmente, el argumento de que las crisis globales son superadas cada vez más rápido que en el pasado, esconde el hecho de una parte, que no todos los países se recuperan al mismo paso. Y de otra, pierde perspectiva sobre la naturaleza de los ciclos económicos del capitalismo ampliamente estudiados por Kondratieff. De acuerdo con este investigador, estaríamos entrando en la fase depresiva de la onda que normalmente tiene una vida promedio de 54 años. Al entrar en la fase de apogeo, los gobiernos de los países en desarrollo toman decisiones de endeudamiento, que los someten a una nueva fase de expansión mundial que compromete su futuro. Y así, la historia se repite.

Así que el problema no es tanto cuánto tiempo durará la depresión, o si este el momento en que en verdad el capitalismo murió. Es el momento de preguntarnos cómo sociedad qué decisiones se tomarán para remontar la crisis de una manera pasiva o activa. En ese sentido, creo que es muy pertinente la propuesta del sorprendente primer ministro Yehude Simon, quien señala que pensemos qué Perú queremos para el 2021, cuando nuestra nación cumplirá 200 años de independencia.

Es curioso que lo haya planteado de esa manera, pues precisamente el Perú inició su independencia con una deuda externa cuantiosa que no pudo pagar en el siguiente lustro de su nacimiento. Posteriormente, las historias de endeudamientos, pagos, repagos y no pagos, han sido dramáticas y persistentes hasta la fecha. Así que uno de los ejes clave que debiera ser discutido en el perfil del nuevo Perú es que este tenga un modelo de financiamiento construido sobre la base de la tributación y no sobre el endeudamiento. Un modelo de crecimiento impulsado por el valor agregado y no por las burbujas de precios de nuestros productos básicos. Un modelo que brinde predictibilidad al financiamiento del Estado y por lo tanto a una senda del crecimiento que elimine la pobreza y la indigencia para siempre.

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